Adelanto

Avanzo las primeras páginas del boceto de un proyecto en el que llevo unas cuantas semanas y de donde espero que salga algo de provecho, a ver si os gusta.

He vuelto a trabajar demasiado pronto.

Se despertó con ese pensamiento, lo repitió varias veces más: frente al espejo y   mientras esperaba que el microondas, contraviniendo las leyes de las física, calentase más el vaso que la leche contenida, en donde disolvería las dos eternas cucharadas mañaneras de café instantáneo; no era muy aficionado a la infusión, la tomaba para despertarse y le daba igual la calidad, eso sí, endulzaba el recuelo con una generosa cantidad de azúcar, al menos cuatro cucharadas.

Tras cerca de un año (diez meses y dos semanas exactamente) de convalecencia no se encontraba en absoluto deseoso de volver a ocupar su puesto. Le había llegado el alta dos días antes y no por esperada dejó de sorprenderle, como esos familiares generalmente enfermos de cáncer, a los que se augura una muerte cierta, cercana e incluso necesaria y cuando llega el fatal desenlace coge a todos con el paso cambiado.

Estaba nervioso, tenía cuerpo de examen. Así solía definir ese hormigueo en el estómago, ese azoramiento e intranquilidad que le evocaba las horas previas a una prueba mal estudiada. Repasó mentalmente todo lo necesario: llaves, el interior del billetero, la cartera de mano, vacía, la identificación. La pipa estaba en la oficina. Mientras tarareaba esa canción de Rubén Blades que parece una letanía, G. D. B. D. se titula, un acrónimo que hace referencia a las gentes que viven en dictaduras. Relata en tono machacón la preparación mañanera de un supuesto policía: «Te bañas. No cantas. Sales de la tina. Te secas con una toalla que dice Disneylandia.» O torturador en cualquier escuela de mecánica de algún país suramericano. «Hoy van a arrestar al tipo. Va un carro a recogerte. Que lo esperes abajo. Cuelgas el teléfono. Vas a tu cuarto. Abres la segunda gaveta del armario. Tu gaveta. Sacas la libreta y los lentes negros. Vas a la cama. Levantas el colchón y sacas tu revolver.» Sentía una pasión especial por esa pieza. Y por todo el disco, Buscando América. Y, que narices, por Rubén Blades incluso cómo hierático actor. «Llegas a la calle. Ves al camión recogiendo la basura. Aún está oscuro, pero huele a mañana, varón.»

Es picoleto: el sargento Martínez Ahumada, curiosamente. Emilio Martínez Ahumada, cincuentón, divorciado, sargento del S. I. de la Guardia Civil y policía judicial del Jugado de Instrucción número cinco, al cargo de Su Señoría don Julián López Cobo.

Entró en el cuerpo tras la mili, siempre acratón y juerguista, lo más alejado a un engranaje de la maquinaria represora del estado, pero ahí andaba; la vida da unas vueltas que te cagas, solía decir para conformarse. Además, tampoco se vive tan mal, salvo por algún tiro de vez en cuando.

También es alcohólico: rehabilitado pero alcohólico.

Como cada mañana durante estos meses encendió el ordenador portátil, aún le quedaban unos minutos.

«Muy buenos días y feliz miércoles, amigos. Hoy retomo mi actividad. Ya os contaré ‘:-))».

Esperó las menciones y contestó las que pudo, sobre todo felicitaciones, ánimos y parabienes en su vuelta al trabajo. Era hora de irse. Salió a la calle, prefería coger un taxi, levantó la mano a uno que pasaba en ese momento y tras los saludos y la explicación del destino al taxista se repantigó en el asiento.

Contempló la limpia y luminosa mañana otoñal. Le daban seguridad esas alboradas; de pequeño creía que nada podía pasar cuando el sol brillaba de esa manera, pensaba que las cosas malas solo sucedían con el cielo cubierto o en un sofocante día de verano. Pero tras casi treinta años de servicio sabía que solo era una ilusión infantil.

Le despertó de su letargo la radio del taxi, unos tipos, peritos en todo, por lo que se oía, discutían a grito pelado sobre lo que fuese con una seguridad que le dejó helado. Los había oído infinidad de veces y en todas las emisoras, pero siempre cómo un ruido de fondo: una banda sonora. En esa confortable y límpida mañana de su vuelta al trabajo le resultaban extraños, hirientes, tautológicos, sectarios, sofistas e ineducados. Observaba desde atrás al taxista moviendo de arriba abajo la cabeza en señal de afirmación tras la perorata de unos o mostrar su desacuerdo con el que fuese, moviendo la cabeza de lado a lado.

Notó una ligera vibración en el bolsillo y echó mano del teléfono. El aviso de un mensaje directo con ánimos para el regreso. Aprovechó para leer las menciones: deseos de buenos días, saludos, congratulaciones por la vuelta al trabajo y sonrisas, muchas sonrisas.

(…)

Que lejos quedaba aquella comida de amigos, la última, en enero del pasado año. Sentía como si hubiese sido en otra vida anterior y tan sólo habían pasado veinte meses mal contados. En ella, tras dar cuenta de una caldereta de cordero y llegados al momento de las confesiones al amor de la lumbre, Vicente, como siempre hacía, le soltó a bocajarro y pillándole desprevenido:

-   Emilio ¿conoces Twitter?

-  Si lo conozco, lo he visto, pero la verdad es que no me llama en absoluto la atención decirle a nadie lo que hago y creo que a nadie le importe las cosas que hago y que puedo contar que hago. (Emilio)

-  No sólo es eso, se trata de interactuar con personas, generalmente importantes en su campo y que aportan conocimientos. Harías buen papel en ese sitio. (Vicente)

-  No me jodas Habanero, que soy picoleto ¿Quieres que informe en Twitter que salgo a hacer una detención o, una redada? (Emilio)

(…)

Al primer jefe que tuvo le llamaban «el Lunares». Tenía la cara picada de viruela, parecía el malo de una película del oeste. Era un buen tipo, la mano algo ligera con los gitanos, pero no era mala persona. Muy preparado en técnicas de investigación y sobre todo en la incipiente informática policial de entonces. Y al juez de instrucción no le cabía una paja por el culo con el jefe de su policía judicial. A Emilio le enseñó todo.

En esa época vendió en mercadillos, asistió a asambleas sindicales; iba adonde fuese, tenía una imagen de tipo corriente y sabía mimetizarse. Partidos de fútbol, discotecas, bares, puticlubs.

De aquellos años recordaba a un chulo al que achacaban dos crímenes nunca probados y un sinfín de palizas. Era el dueño de un garito de carretera llamado «Leo». Actuaba con inusitada violencia para mantener el orden en el puticlub y contaba con que los agredidos nunca dirían nada, hombres casados y jóvenes en celo, generalmente. Una vez entre el chulo y sus matones desguazaron a hachazos el coche nuevo de algún virulo que lo fue a estrenar con un polvo. Nadie denunciaba.

(…)

httpv://www.youtube.com/watch?v=Xzf0rvQa4Mc

 

7 responses

  1. Pingback: Bitacoras.com
  2. es un cocktail curioso: por una parte tu tono y estilo siempre evocador, costumbrista … y por otro lo geek, lo friky … Twitter … A ver cuando tenemos algo más que un adelanto … :-D

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