Adornos

Ya en casa de mis abuelos, mi abuela hubo de ir al colegio a arreglar el expediente para mi cambio de colegio en el siguiente curso. El director le explicó que era necesario que yo repitiese el curso, donde fuese, pues iba un año adelantado con respecto a mi edad; incluso lo reflejó en la cartilla de escolaridad. Mi abuela (menuda era) enfadadísima y como de todas formas repetiría el curso, consideró que no era necesario acabar este, encontrándome de vacaciones a principio de mayo. Fueron dos meses largos los que pase en casa de mis abuelos. Las mañanas las pasaba con ella desde la amanecida, en la que un tazón de café, o lo que fuese, con leche lleno de sopas de pan tostado me daba los buenos días. Este brebaje lo cocían en un puchero marrón puesto en el fuego del jaraíz (ahora estancia donde se hacía vida y anteriormente lagar de uvas del que le quedo el nombre; en casa de mi abuela había habitaciones con nombre propio como en las mansiones: el jaraíz, la alcoba honda, el cuarto de los peines, la habitación de los chicos…). El café o lo que fuese, malta creo, lo pasaban a través de un colador de tela, desde el puchero, manando un liquido negro que caía al tazón por los poros del lienzo. Los residuos que quedaban en el colador se echaban a las macetas como abono, según mi abuela.

Había un pisapapeles (Ramón) que servía de adorno en una consola que estaba en la parte de la casa solo usada en las funestas ocasiones en las que se abría la puerta principal, no obstante inspeccionada por mi en ese tiempo con fruición. Recuerdo sobre la plana y estrecha superficie del mueble, en el centro, encima de un tapete blanco de los que incansablemente tejía mi abuela, una especie de bola deforme de cristal, pesada, con formas sinuosas en el interior dibujando algo parecido a una flor.Un pisapapeles como único adorno en la consola de la entrada principal de la casa da idea de la mínima abundancia de ornamentos en ella. Mis antepasados sacrificaron la estética, de la que desconocían su existencia, por la supervivencia, que sentían en el estómago.

Contrariamente a lo que ocurría en casa de mi abuela y al mismo tiempo como paréntesis o incluso nota exótica del relato, los habitantes de Funchal hacen colecciones con cualquier clase de objeto. Acaparan cuando están fuera, en el mundo, las más extrañas cosas (por cientos) formando conjuntos insólitos, Maquinas de coser marca Singer; botellas de marrasquino, dálmata por supuesto; sellos magiares con o sin error de impresión; estatuas de caballos árabes de distintos tamaños y materiales pero con las cuatro patas apoyadas en el suelo. Marinas al óleo, compradas a un pintor callejero negro, de Cabo Verde, siempre al mismo, Afonso, que instala su tenderete en la calle Augusta, haciendo esquina con la del Arsenal, llegando a la Plaza del Comercio. Siempre pinta el mismo instante, se conoce que solo tiene esa imagen del mar grabada a fuego en su mente. Creo yo que ese momento es un recuerdo de su tierra y lo pinta así, invariable, para que cualquier maderano o maderense de viaje por la capital le compre una (o mil) marinas para la colección.

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