Alfalfa

Odiaba el verano. Una vez que daban las vacaciones en el colegio, se tenía que poner irremediablemente a las ordenes de su padre. Durante los meses de estío explotaban un negocio de venta ambulante de alfalfa, con ello aumentaban económicamente las inciertas cosechas y a la vez, mantenían ocupado el ocioso verano viñero.

Tenían una parcela en la que habían sembrado la hierba por tablas, de tal forma que siempre tenían pasto para segar, casi a diario. La suerte la regaban con el agua de la acequia lindera, cuando y con el tiempo de entrada del líquido en la finca fijado por la hermandad de regantes, para el justo reparto del preciado elemento entre los comuneros.

Cuando era día de siega y venta, madrugaban padre y él muchísimo. A las tres o cuatro de la mañana: era necesario que estuviesen en el corte al alborear el día pues la alfalfa hay que segarla fresca y jugosa. Llegaban a la finca en un remolque de dos ejes y con las ruedas de goma, tirado por una mula. El padre cogía la guadaña, le quitaba una funda hecha con un trozo de manga de la que se usaba para trasegar el vino, y comenzaba a darle pasadas en la hoja con la gris piedra de afilar. Cuando el filo estaba lo suficientemente aguzado, estado que comprobaba pasando un pulgar con cuidado por el corte, comenzaba la siega.

El padre movía el dallo con las dos manos, en movimientos de vaivén, acompasándolos al ritmo de las piernas al dar los cortos pasos. Él iba detrás haciendo manojos con la hierba recién cortada, atándolos con tallos de la misma planta y formando montones que luego llevarían al remolque. Al llegar al final del hilo, el padre volvía a afilar la guadaña y seguían en sentido contrario con la faena, hasta que terminaban el trozo que estaba para segar. Cargaban los haces en el remolque, se lavaban y marchaban al pueblo que les tocase a vender la cosecha, casa por casa y a voz en grito, como alimento de conejos, cabras y demás especies de corral, a lo que fuese, el manojo.

Era lo que peor llevaba. Le daba una vergüenza indescriptible, sobre todo en su pueblo y en Tomelloso, donde era de sobra conocido. Cuanto mayor era, más difícil se le hacía. Si veía alguna chica conocida, se agazapaba sobre la alfalfa tras los laterales del remolque para no ser descubierto. Durante los años de instituto el rubor llegó a ser patológico y pese a su insistencia, el padre lo mantuvo en la plantilla hasta el verano del primer año de carrera.

Un día, cuando tenía quince años, saliendo de Tomelloso por la calle del Charco y al vadear el canal por el puente, el padre le señalo las casas públicas que había a la larga del caz y a modo de advertencia le espetó:

—Ten cuidado hijo mío con esas casas, pues en ellas viven mujeres que te sacan la sangre.

Él sonrió sin contestar.

Desde entonces y en cada una de las jornadas que tenían venta en Tomelloso, al salir del pueblo por el puente, le hacía la misma advertencia.

—Ten cuidado hijo mío con esas casas, pues en ellas viven mujeres que te sacan la sangre.

Y nuestro protagonista, sonreía sin contestar.

El primer día del último verano como alfalfero, con diecinueve años largos y al salir de Tomelloso una vez realizado el verde reparto, el padre pronuncio la tradicional y reiterada advertencia:

—Ten cuidado hijo mío con esas casas, pues en ellas viven mujeres que te sacan la sangre.

En esta ocasión y sonriendo pícaramente, contestó:

—No se preocupe usted, padre, que ya soy donante.

httpv://www.youtube.com/watch?v=2O-iZFNsZnI

15 responses

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  2. jajajjaja, anda con el donante vaya, vaya, con el muchachete.
    Muy buen relato, con un final muy agudo, Francisco me ha gustado mucho, es más, siempre eliges las palabras justas que nos situan en el “corte” :))
    Saludos. Flor.

  3. Ya sabes que me gustas escribiendo, Paco. Mucho, además. Y este relato me ha encantado. Un final que no se esperaba, en las casitas por las que pasamos tú y yo (sin bajarnos del coche aquella vez!)

    Saludos, figura.

    Javier

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