Arizona

Me contaron que en Sonora, México, hubo una vez tomelloseros.

Una de las empresas más prósperas de cuando me lo contaron abrió allí una fábrica, después acabó como El Astillero, incluso con un Larsen de contable o enterrador. Todos llevaban sombrero de cowboy marca Stetson, unos negro y otros blanco, diarreas interminables y tarjetas de visita impresas con oficios y cargos imposibles, larguísimos y rimbombantes, más propios de Portugal que de Norte-América.

Hermosillo, donde estaba el ingenio, es la capital de Sonora; cerca está Arizona, a la que se llega si te dejan los minutemen. Pegado a la frontera esta Tombstone que quiere decir lápida. Allí, el 26 de Octubre de 1881, en el solar 2, se realizaron treinta disparos en treinta segundos; Wyatt Earp, Morgan Earp, Virgil Earp y Doc Holliday lucharon contra Billy Claiborne, Frank McLaury, Tom McLaury, Billy Clanton y Ike Clanton. Ambos McLaury murieron, al igual que Billy Clanton.

El Estado de Arizona le puso juicio al Hijo de Dios Nuestro Señor y el nombrado escritor Cela lo refiere en «Cristo versus Arizona», novela que se desarrolla en el sur de Arizona, entre Tombstone (a la que él llama Tomistón) y Tucson y al Norte de México: Nogales. Quien relata la novela se llama Nicky Jalapa el Tuerto y en ella matan a un cholo de mierda, gente desnortada esa de Arizona, según cuenta el Tuerto por pluma de Cela.

Doc Holliday era dentista, tahúr y pistolero; se llamaba John y estaba tísico y es muy recurrente al evocar el duelo de OK Corral, pues siempre conviene incluir algún anti-héroe o personaje heterodoxo en las historias. Da mucho juego poner un descarriado que se redime al comportarse como un hombre y ayudar a sus amigos sin tenerle miedo a la muerte. Los cascabeles secos de las serpientes los usaban los indios, vamos las indias, para parir mejor. No me preguntes como.

Debe haber en Arizona, creo yo, tanto polvo como en La Mancha.

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