Back west

Regresamos al oeste agotadas nuestras posibilidades de progreso en las tierras del Levante.

Hubo que volver a la escuela. A la misma que dejé años atrás. Como hijo de baby boom y debido a la cantidad de alumnos, el colegio habilitó en lo que entonces era el Instituto Técnico una especie de anexo para escolarizar a la ingente cantidad de mozuelos de entonces. Lógicamente me enviaron allí, al Paseo de Circunvalación, lejísimos.

El maestro de cuarto, con luenga y roja barba, rizada, no obstante finísima; escaso pelo en el cráneo con la frente descubierta hasta el parietal. Manos vellosas, con pelos bermejos en las falanges y en la parte de los brazos  que con frecuencia descubría, pues gustaba de subirse las mangas del jersey y la camisa hasta la mitad del antebrazo.

No recuerdo que llevase gafas, a lo mejor sí. Su indumentaria era distinta a la de mis anteriores maestros, no llevaba traje ni guardapolvo. Todos fueron malos en la guerra, nos explicaba bajando la voz. Una vez me mostró una moneda de oro, dorada y brillante. La tuve entre mis manos y no recuerdo que su tacto me produjese ninguna sensación.

Su mujer era también maestra, con voz especialmente grave para ser de mujer, seguramente fumaba y bebía. Recuerdo a Fuenllana, un cartero baboso, casposo, machista y pluriempleado de la secular barbería en la que los varones de mi familia nos arreglábamos, experto en cortes y trasquilones, sentenciar odiosamente con las tijeras en a mano, levantadas a media altura y con las puntas hacía arriba, como si alzase el cráneo de Yorick:

«La mujer que fuma, bebe y mea de píe, no digo que sea mala, pero que buena no es».

Tomás, con cara y cabeza deforme. Padres paralíticos, casas con suelo de tierra, hornillos de petróleo, familias de doce. Pero sobre todo, el recuerdo que más perdura es el del Romance de las Tres Cautivas, aprendido de memoria y repetido hasta la saciedad por mis compañeras de clase como si de cualquier canción de comba, letanía o mantra se tratase.

A la verde, verde,
a la verde oliva.
donde cautivaron
a las tres cautivas.
El pícaro moro
que las cautivó
a la reina mora
se las entregó.

*

4 responses

  1. Pingback: Bitacoras.com
  2. Una de mis abuelas vivía en la calle Circunvalación. Más allá de eso, nada me resulta familiar en la historia que nos cuentas y, sin embargo, he visto Tomelloso en este post y hasta ese romance de las 3 cautivas, que no he oído nunca, me parece conocido.

    Son difíciles de explicar los recuerdos de un sitio al que has ido poco y de muy niña, tal vez porque conociendo su escasez, nuestra memoria se empeña en dotarlos de la suficiente intensidad como para que no se pierdan. Gracias por el post, es bonito recordar a veces.

    • Esos efímeros y escondidos recuerdos, o algunas veces inexistentes, prevalecen seguramente, como dices, para que no se pierdan.
      Gracias por tu comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *


*