Bicicletas

A Mertxe Labrador, primera lectora de «A Propio Riesgo» y enamorada del noble deporte del ciclismo.

Hasta el 25 de septiembre se puede visitar en la Posada de los Portales de Tomelloso, la exposición organizada por Ángel Morales, incansable coleccionista y tomellosero de pro, intitulada «Tomelloso en Bicicleta». Leo en una reseña periodística (aún no he podido visitarla, pero juro que lo haré) que:

«La muestra incluye fotografías, documentos, recuerdos, maillots, y por supuesto, bicicletasÁngel Morales en la exposición. (Foto: tomelloso.es) de todos los tiempos, intentando hacer un recorrido desde que el mundo de la bici comenzó a entrar con verdadero furor en la vida de la ciudad, hasta nuestros días. Además, se pone de manifiesto que Tomelloso, no sólo ha sido cuna de inolvidables campeones como el “Candojo”, Mena, Heredia; los más actuales Ramón García España, Pedro Antonio Marquina, Francisco Cerezo o los nuevos campeones como José Luis Cano y José Alberto Rubio, sino que la bicicleta ha formado parte de la vida social y cultural de la ciudad desde sus primeros tiempos».

Ciertamente Tomelloso ha sido siempre una ciudad con gran afición a la bicicleta y el ciclismo uno de los deportes más seguidos y practicados por sus vecinos. El vehículo de dos ruedas ha sido muy utilizado como medio de transporte, tanto en el casco urbano cómo para ir al campo a trabajar. La planicie manchega y las rectas carreteras animaban a usar el velocípedo.

Durante los años de la República destacó Antonio Jareño, «El Candojo» héroe ciclista local que no solo ganaba todas las carreras lugareñas, sino que hacía lo propio con las pruebas disputadas en la comarca. Compitió en dos ocasiones en la vuelta a Madrid, de categoría nacional y contendiendo con los ases ciclistas de entonces, quedó entre los quince primeros. Éstas rutas ciclistas, celebradas generalmente en la fiestas, eran seguidas por numeroso público con gran expectación e interés y los vencedores eran tratados como héroes.

El 31 de mayo de 1934, día del Corpus, se celebró en Tomelloso una prueba de ciclismo en ruta conocida como «Las ocho vueltas» y con una distancia de 160 kilómetros. La ganó un ciclista local, Francisco Ruiz (a) «El Yesero». El ganador subió al balcón central del ayuntamiento a saludar a la multitud que en la plaza le aclamaba. Cuentan que con él salió al balcón tan gran número de personas que el mirador cedió, cayendo encima del gentío que jaleaba, causando dos muertos y muchos heridos.

Durante los grises años de la posguerra había una élite de cincuenta o sesenta ciclistas en Tomelloso, algunos verdaderos astros del ciclismo aficionado y cuya actividad económica principal era el estraperlo. Los mejores corredores de entonces eran a la vez lo mejores contrabandistas. Traficaban con aceite y tabaco; a veces llegaban a Jaén. Al principio llevaban los pellejos de aceite sobre la espalda sujetos con correas, como una mochila, después inventaron el «porta», una plataforma de hierro sujeta al eje trasero y que les servía de portaequipajes. Tras hacer casi a diario cientos de kilómetros con bicicletas pesadísimas, por caminos de tierra, atravesando sierras y cargados como mulas, eran imbatibles en una prueba por carretera y con livianas bicicletas de competición.

Mi suegra que era de Infantes, vino a Tomelloso a vivir tras su boda, contaba la mujer que lo que más le sorprendió de la ciudad a su llegada fue la cantidad de bicicletas que vio; aparcadas y circulando, todas brillantes y pulquérrimas.

Años después se puso muy de moda el ciclismo en pista, celebrándose durante la temporada muchas competiciones en el velódromo municipal que culminaban con un «Open» para la feria, al que acudían los mejores ciclistas nacionales del momento, compitiendo contra los aficionados locales o comarcales. Recuerdo especialmente a Jesús Manzaneque, famoso ciclista de Campo de Criptana, con mucha parroquia en el pueblo, que llegaba montado en un Citroën CX. Y sobre todo, a Peio Ruiz Cabestany que se llevaba todos los trofeos y bolsas en metálico cuando competía.

Por aquellos años acudimos al campo de deportes para pasar una tarde viendo pruebas ciclistas. Debería ser una feria pues recuerdo el graderío lleno. Conseguimos sentarnos en una de las primeras filas cerca de la línea de meta. Competían los dos mentados junto con una buen número de celebridades nacionales y la élite del ciclismo aficionado local. Era la primera vez que acudía a una competición de ciclismo en pista, por lo que conforme se iban desarrollando las pruebas otro amigo, mayor y más aficionado me las iba explicando. Velocidad individual o por equipos, quien menos tarda en hacer doscientos metros tras una vuelta al circuito para coger impulso. Persecución, generalmente por equipos que corrían en sentido contrarío. Eliminación, en la que un número de corredores de los que llegan atrás son descalificados. Y la prueba reina, la carrera por puntos. En ella se van concediendo puntos a los corredores en los sprints que tienen lugar cada cierto número de vueltas que va indicando el spiker:

—Próxima vuelta, puntos en meta.

Aquí se introducían alicientes monetarios en las vueltas sin puntuación, mediante premios pecuniarios ofrecidos por los aficionados con posibles, generalmente empresarios.

—Cinco mil pesetas ofrece la perfumería X al primero en la siguiente vuelta.

He de hacer notar, deportivo lector, que el inconveniente de sentarse en las primeras filas es la manera tan particular que tienen los ciclistas de sacarse las mucosidades de las narices, esto es, tapando un agujero y espirando con fuerza por el orificio embozado, siempre el del lado de la grada, expeliendo el tapón mocoso y alcanzado al desprevenido espectador.

Recuerdo en la citada prueba un señor cercano a nosotros y sentado en la primera fila que cubría sus ojos del sol con unas gafas negras y cuadradas, parecidas a las de los famosos Blues Brothers, que cada vez que pasaba el pelotón frente a él se las quitaba sujetándolas de una patilla y alargando el brazo hacía la pista, moviéndolos (gafas y brazo) con fruición y rapidez de arriba a abajo, mientras gritaba:

—¡¡Vamos!! ¡¡Vamos!!

Deduje que si hubiese sido francés, habría voceado: Allez!! Allez!!

Cada vuelta lo mismo, metía la mano con las gafas y gritaba a riesgo de darle un tortazo a algún desprevenido carrerista.

—¡¡Vamos!! ¡¡Vamos!! —insistía, haciendo fuerza al pronunciar y rojo como un tomate.

De un par de filas más atrás, se levantó otro espectador, gritando:

—¡¡Qué le den una bicicleta a ese hombre para que desfogue, que va a matar a un ciclista!!

Aquellos corredores locales trasmitieron la pasión por el pedal a sus hijos. Recuerdo ver pasar desde la gasolinera a uno de los nombrados en la cita del principio, ir con el coche detrás de sus retoños embicicletados y jadeantes camino del corte por la mañana temprano y hacer lo propio por la tarde, tras un día de duro trabajo en el campo. Erigieron un club de infantiles y juveniles para asistir a todas las pruebas que se celebraban en los alrededores y que se foguearan los chiquillos. Los padres consideraban a sus hijos los mejores y siempre acababan discutiendo con los jueces o con otros papás al acabar las carreras.

En cierta ocasión se celebraba una carrera con motivo de las ferias de un afamado pueblo del Campo de Calatrava y en la que participaba el equipo tomellosero. Hubo una escapada con cinco miembros del club. Convinieron en irse dando relevos, decidir la victoria al sprint y repartirse los premios entre todos. Uno de ellos confesó estar reventado y comunicó que iría atrás, sin sustituir. Cuando faltaban diez kilómetros para la meta, se conoce que el globero se repuso y levantado el culo del sillín, pegó un tirón dejando atrás a sus compañeros de escapada.

—¡¡Pero… ¿qué haces?!! —gritó sorprendido un cofugado.

—¡El beso y el ramo se lo dan al que llega primero! —explicó, mientras se alejaba como alma que lleva el diablo.

(Para escribir los pasajes del “Candojo”, el hundimiento del balcón del ayuntamiento y los estraperlistas, me he documentado en el libro «Tomelloso en la frontera del miedo» de Dionisio Cañas)

P.S.

Servidor también tuvo veleidades con el ciclismo aficionado.

httpv://www.youtube.com/watch?v=q65oeiKqVWo

7 responses

  1. De tú relato, querido amigo, me quedo con varias cosas.

    Una es la de constatar esa famosa frase de que si el deporte es salud que viva la tuberculosis!!! Jo fijate uno va a hcer o a ver deporte y se muere por que se le cae un balcón encima o por que un apasionado admirador le da un manotazo al gritar vamos vamos.

    Otra es que que sería del deporte sin las famosas pruebas locales, esas que normalmente se suelen hacer por fiestas y que son las que luego encumbran a los grandes de ahora.

    Y la tercera, que como siempre disfruto mucho al leer tus historias.

    Un sincero abrazo amigo mio, ( si fuerás francés te diría mon amie )

  2. Buenas noches Navarro al cuadrado. Mil gracias por dedicarme este post, a sabiendas, de mi gran pasión por el ciclismo. Gracias por acercarme a conocer lo que ha sido en tu pueblo este deporte y por invitarnos a acercarnos a la exposición que de él se hace estos días en Tomelloso.

    La primera lectora, es mucho decir… , teniendo féminas a tu alrededor más cercanas. Lo cierto y curios es que el post que da título a tu libro, “A propio Riesgo” lo escribiste el mismo día que mi cumpleaños jejeje eso si que es enigmático…

    Sigue compartiendo retales y grandes telares de tu vida en tu querido Tomelloso. A la espera de la siguiente hornada… un fuerte abrazo Paco y mi sonrisa *_________*

    • Has sido la primera lectora oficial del libro, las féminas que me rodean, increblantables entusiastas, animadoras e inspiradoras de este modesto rincón y, sobre todo, de mi modesta dedicación al emborronamiento de bits, lo leyeron antes, pero no en un libro propiamente dicho como fue tu caso.
      La verdad es que si es una enigmática coincidencia lo de la fecha del cumpleaños…
      Muchas gracias por tu comentario Mertxe, me alegro que te haya gustado :-)

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