Café

El olor del café me resulta especialmente gratificante, muy cercano a mi pequeña idea de la felicidad: mañana crujiente de domingo con olor a café y tostadas. Pero sobre todo evocador, curiosamente a mercado. En el de Tomelloso los primeros puestos eran para los carniceros, con boina y blusón negro se colocaban un mandil con rayas verdes y negras y manguitos iguales. Hacheando piezas de carne sobre unos poyos de madera en los que, tras acabar el descuartizamiento, pasaban un guijarro redondo y grande; recuerdo verlos altísimos y terribles, armados con amenazantes cuchillos, serios. El olor a café daba cierta seguridad. Después estaban las alegres y agudas fruteras, vestidas de blanco, profiriendo picardías a grito pelado, con las piezas de fruta y las verduras colocadas en formas geométricas y perfectas. Ultramarinos, bacaladas, cajas de galletas, huevos y en el otro extremo el bar, fuente de ese placentero y seguro olor que no llegaba a la planta subterránea. Terrible lugar donde se aposentaban las pescaderías y la fuente de mis pesadillas: las casquerías. En las que como trofeos colgaban de ganchos metálicos vísceras, caras, orejas, bocas y pies de cerdo blanquecinos y horrendos que me hacían bajar la vista al cruzarlos. Se salía por los puestos de los morcilleros. Después, el mercado central de Valencia, donde el olor a café se multiplicaba, se podía palpar y ocupaba cualquier rincón. Alegre, inmenso, blanco y donde a mi madre la llamaban reina. El plácido olor del café.

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