Calor

Calor espantoso, sureño y cinematográfico.

Té helado bajo el porche de una decadente y desconchada mansión en la que no faltan los magnolios, moscas y cuellos sucios; el pañuelo desungiendo la  frente, no hernandiana, sino desocupada, abyecta y de torva mirada, sintiéndose mejor que esos negros que le rodean.

Calor encendido y pasional.

Maggie ronronea sobre la cubierta de zinc empapada en sudor y voluptuosidad. Mientras, en Nueva Orleans, Stanley, en camiseta y viendo como el maldito ventilador gira revolviendo el aire caliente, insoportable y constantemente, coge la radio, interrumpiendo su partida y la tira por la ventana sin abrirla, rompiendo los cristales, envuelto en sudor y sobreactuación.

Calor sucio y grasiento.

«Seab» Cooley envuelto en sebo y en ese sucio traje blanco, con esa media sonrisa intrigante que hace que el calor suba un par de grados más y descargue sobre Washington una tormenta que aplaque el calor y limpie nuestras conciencias.

Calor contenido y heroico.

Atticus Finch, perfectamente vestido con su tres piezas a pesar del calor y siempre compuesto, defendiendo a Robinson por encima de los prejuicios y no negando la redención, transmitiendo que el calor solo es un engaño de los sentidos.

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