Caminando

Caminan temprano y rápido como si llegasen tarde a una cita con Dios Nuestro Señor. Van por grupos, limpísimos, braceando y hablando poco. Se miran de reojo malévola y competitivamente, ajustando su paso al de los demás. Para no quedarse retrasados ni ir por delante, representando el consejo de una abuela a su nieto en quintas.

Lo hacen a través de rutas preestablecidas y frescas en verano. Por la mismas calles paseos y bulevares y en el mismo sentido recordando la famosa escena del Expreso de Medianoche, solo que más aseados y oliendo a colonia mañanera. Intentan apretar su carne fofa, bajar barriga, domeñar su maldito corazón o quemar el azúcar que deja alguna de sus maltrechas glándulas. Permanecer vivos algo más. Caminan con brío. Me recuerdan antiguas películas de espías en las que no corre nadie, andan deprisa perseguidor y perseguido y por nada del mundo inician la carrera, como si ahí radicase la salvación.

Desaparecen cuando el sol aprieta y vuelven a salir cuando este cae: criaturas nocturnas. No me consta que estén toda la noche paseando, deduzco que no por la higiene de la que hacen gala, pero nadie sabe lo que se puede hacer con solo la luna como testigo. Reitero: huelen a mañana. A pesar de la edad.

«Al que yo coja y lo apriete,
caminando,
ése la paga por todos,
caminando;
a ése le parto el pescuezo,
caminando…»

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