Carnavales

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Uno siempre ha sido muy carnavalero. Seguramente debido a la  herencia genética de mi pobre madre, que no se perdió uno en sus años mozos… y fueron muchos. Me he disfrazado los tres días oficiales —el sábado no es carnaval—  y algunos años he acompañado el duelo de doña Sardina. Tengo contado que en Tomelloso, a pesar de la prohibición de la última dictadura, ningún año se ha dejado de celebrar. Me atrevería a decir que las épocas de más represión y vigilancia era cuando más máscaras salían a la calle.

Pero lo que no consiguieron las dictaduras de siglo pasado, lo logró un alcalde ilustrado, madrileño y de un partido de izquierdas. Desde entonces me llama poco la atención la fiesta, domeñada y dirigida por quienes mandan, subvenciones mediante. Eliminando la subversión del festejo y convirtiéndolo en un mero ver pasar comparsas y carrozas, todos alineados y numerados y sin faltarle a nadie al respeto. Algunos años he conseguido calmar mi desazón carnavalera en la algarabía del entierro de la sardina.

Un año me vestí de Groucho Marx, uno de mis ídolos entonces y me fui al baile, en una discoteca famosa. Estuve toda la tarde trasegando combinados y haciendo el indio. Por la noche tenía turno en la gasolinera. Acudí al laboro en un estado lamentable, no recuerdo si me cambié de ropa. Entonces iba al tajo en un velomotor Mobylette. Acabé el servicio sin haber cocido la melopea, me subí a la grupa del ciclomotor y puse rumbo al hogar. Al pillar un bache el faro de la moto dejó de lucir, hecho que obvié. Al rato me encontré volando por encima del manillar de cacharro, yendo a caer de cabeza. Lo que me parecía sudor en la oscuridad, fue sangre en el espejo de casa. Aprendí lo peligroso que es trabajar por la noche en carnaval, por lo que si algún año tenía noche en esos días, la cambiaba con los más viejos.

Otra vez, años después,  me encontré en casa de los Mantecas vestido de algo que pretendía representar un gangster: una gabardina de mi padre, un sombrero de mi abuelo y cicatrices y moratones pintados con el lápiz de ojos de mi madre. Al rato estaba por la calle de la Feria con uno de los Mantecas mayores, él vestido de podador o injertador, yo como su guardaespaldas. El tipo, improvisaba versos sobre la marcha teniendo mucho éxito entre los viandantes, recuerdo especialmente dos, « Fraga el de los tirantes/te llaman el garbancero/los garbanzos son su fuerte/¡no quiere ser melonero! ». Y también, «Y el Partido Comunista/que predica la igualdad/de bienes, que no de trampas/mirar que casualidad».

Resultaban de mucha aceptación dado lo político del ambiente de aquellos tiempos.

La crisis, terrible para todo lo demás, va a hacer que de nuevo resurjan los carnavales salvajes, subversivos y críticos contra el poder, al eliminar las subvenciones a las comparsas,  que se han mantenido durante estos años del erario público.

P. S. …los del año que vienen serán pa otros…

httpv://www.youtube.com/watch?v=vmvsXKdTIQo

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