Caso

Regularmente mi abuela echaba mano de algún conejo, pollo o gallina de corral. Tras la caza del animal, que era la tarea que más tiempo llevaba y dependiendo de la especie, procedía al sacrificio. Gallinas y pollos mediante retorcimiento del cuello y posterior incisión en la tráquea con un cuchillo para que el bicho diese la sangre; los conejos los despachaba con un puñetazo en la nuca. Después desplumaba o desollaba, según tocase. Era un espectáculo sangriento que entonces yo no percibía como tal, viéndolo como algo normal y necesario. Mientras el abuelo estaba fuera, generalmente toda la mañana y normalmente en la plaza u otro mentidero de renombre, había que atender un despacho de vino que mediante un sistema de bombas y sifones subían el caldo desde la cueva al jaraíz, donde estaba la lonja. Litro, cuartilla, medía arroba y arroba. Para evitar malas tentaciones o clientela indeseable no se despachaba el vino en vasos, de un litro en adelante. Se avisaba de la existencia del báquico establecimiento mediante un escobajo colgado encima de la portada, signo inequívoco de la venta de vino en rama para los poseedores del arcano.

El abuelo llegaba invariablemente a la una y media para comer a las dos en punto. En esa medía hora cortaba un trozo de jamón de los de la cámara y lo acompañaba con medio vaso de vino del suyo, del que elaboraba en el fresco de la cueva con las uvas que sus hijos habían criado con sangre, sudor y lágrimas desde que podían sujetar la azada o gobernar una yunta. Después de la comida, partida de tute o brisca, siempre ganaba él. Hacía trampas, ahora lo se, después de repasar mentalmente todas y cada una de las partidas: me engañaba como a un chino. Cuando llegaba la hora, tertulia con los viejos de la calle que tan trabajadores fueron en sus tiempos mozos. Uno de aquellos ancianos usaba gafas de sol, no como las de mi abuelo cuadradas y negras, sino de esas de aviador con los cristales verdes y le daba a su nieta de no más de diez años aguardiente en unos vasitos muy pequeños cuando esta se los pedía. Y los viejos, ellos que fueron tan valientes, se rían de las tonterías que decía la niña cuando llevaba tres vasitos de anís.

Luego a merendar bajo la higuera, después de haber regado el patio con un cubo, echando el agua hacia arriba con la punta de los dedos, inclinando un poco el zaque y produciendo un ruido característico: el de aquellas tardes. Merienda-cena, un tomate con sal, jamón y queso n aceite. Y más vino. Transcurría apaciblemente mi anticipado asueto. Pero como otros antes repitieron hasta el infinito, la tentación no descansa. Ocurrió que mi abuelo, lector compulsivo de un semanario de crímenes que se editaba en formato de periódico, llamado «El Caso», dos semanas antes de mi partida a tierras levantinas, llevó un ejemplar de mismo que con un inmenso titular en letras mayúsculas rojas en la primera plana anunciaba «DROGA EN VALENCIA».

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