Chemise

En el último colegio al que asistí se estudiaba de segundo idioma el francés. La asignatura la impartía un profesor llamado don José Antonio, inmenso en cualquier dimensión, velloso, tenía las manos cómo un licántropo de película serie B. Aunque calvo, se cubría la cabeza con un bisoñé que más parecía el capelo raído y gastado del dómine Cabra que cabellos humanos. Siempre vestía terno, creo que el mismo, traje marrón y chaleco de lana granate, este coleto tenía unos bolsillitos en los que guardaba convenientemente la goma de la goma de borrar, para lápiz y para boli y los clips.

Era tan grande que los alumnos que nos precedieron le apodaron «el elefante», pero le mataban su voz de vicetiple y su bonhomía rayana en la pusilanimidad. Cualidad esta que nosotros, almas de doce a catorce años sin desasnar aprovechábamos para convertir sus clases en una fiesta.

La materia la dábamos en unos manuales llamados «Je Commence» en los que se narraban las peripecias de una familia francesa medía: padre, madre, hijo, hija y perro, Patapouf. El libro se estructuraba en una serie de viñetas que describían una actividad realizada por la citada ralea, en francés y una serie de adendas con la gramática, vocabulario, etcétera, que aparecía en cada capítulo o aventura. Así mismo, teníamos unas cartulinas con unas ventanas puestas convenientemente para tapar el texto o no, viéndose siempre la viñeta.

Pues en una de aquellas, Robert, hijo varón y primogénito de la familia, va a pasar con Patapouf un día en el campo, a la vera del río. Como hacía mucho calor, el chico se quita la camisa y se tumba en la orilla. Algo así:

«Robert retiré sa chemise et se trouve sur le bord»

—A ver, Ortiz, traduce la viñeta noventa y ocho —dijo el profesor dirigiéndose al simpar «Monarca».

—Robert… se quita… —balbuceando y a trompicones.

—Bien, bien, sigue. (don José Antonio)

—Robeeeert…., se quita la camisa…. (alumno)

—Sigue, sigue, que vas bien —le dice el maestro animándole.

—Rober se quita la camisa…. —Monarca hace una pausa dramática y esboza una sonrisa malévola.

—Venga sigue: Robert, se quita la camisa ¿y que más? —increpa nervioso monsieur le professeur.

—¡¡¡Y se caga en ella!!!

Toda la clase empezamos a reír y a chillar como si hubiésemos sido poseídos por el maligno. El maestro comenzó a dar porrazos con sus manos como pies sobre la mesa, produciendo un ruido que se elevaba por encima de nuestras voces. Paulatinamente su cara pasaba del blanco más sepulcral al rojo más encarnado del espectro cromático y empezó a gritar, elevando el volumen de las voces a la vez que el tono bermellón de su cara. Cuando el escándalo llegó a ser insoportable, nuestro amado director hizo acto de presencia en el aula, tachándonos de delincuentes y asesinos, ya que, según dijo, le íbamos a quitar la vida en alguna de aquellas al bueno de don José Antonio.

httpv://www.youtube.com/watch?v=lSSp6DyTFW4

6 responses

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  2. Yo también podría contar alguna así, las cosas no han cambiado tanto. Me he reido bastante con el relato, “el elefante” jajajaaj me gusta el mote.
    Un Saludo.

  3. Ja, ja, ja… vaya sofocón que se llevó el pobre hombre, y el director al rescate.

    Me encanta el nombre del perro Patapouf suena a tropezón y caída libre.

  4. Me ha recordado otras tantas hazañas similares en mi caso… estábamos a los catorce la mayoría muy por desasnar!

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