Costas las de Levante

En verano, las playas suelen estar bastante concurridas, dicho como comienzo y sin ningún doblez.

En la esquina de la calle Doctor Sopena con Eugenia Viñes, había un bar, infecto, al que podías entrar a tomarte una cerveza y salir metido en bolsas plásticas.

A pesar de haber vivido antes en Valencia, la primera vez que sentí la Malvarrosa fue en una excursión a Mallorca que hicimos al acabar el instituto y hubo que esperar todo el día hasta que saliese el barco. Villas mustias, decrépitas, desconchadas, atestadas de maleza, lejanas al esplendor que alguna vez tuvieron. Verjas oxidadas, persianas rotas, borrachos. Las Arenas siempre presente y cerrado. Blasco Ibáñez tenía un chalet en La Malvarrosa que me recuerda Mirasol, a lo mejor, dos parnasos separados trescientos kilómetros.

Uno del pueblo se hospedó en «La Pepica»  y no durmió en toda la noche pues pensaba que el mar se le metía en la habitación de tan cerca como lo oía.

Luego, cuando el servicio, terrazas de diseño en los chales de la calle Pavía, algunas parecían sacadas de comics de Mariscal o Montesol con farolas sinuosas o inclinadas y camareros que evocaban un video de Adam and the Ants.

Recuerdo un domingo que fuimos al chiringuito del joven ¿Ferrer?, Compañero nuestro de penurias, valenciano, pernocta y hostelero a comernos una paella, valenciana, por supuesto, acompañada de cerveza con gaseosa en porrones. Mientras se guisaba el arroz le pedimos una ración de mejillones, contestándonos que no tenía. Al minuto justo sacó una fuente repleta de los citados moluscos para otra mesa.

-         No decías que no tenías mejillones ¿y eso?

-         Eso son clóchinas, nos dijo.

Ahora, la paella, ¡ah la paella!.

En mi infancia valenciana, cómo mi padre era cobrador de autobús, los domingos hacía el servicio de la Puebla de Farnals a la playa del pueblo, que era importantísima y con mucho turismo en los años setenta. Tenía edificios muy altos de apartamentos y hoteles. Algún que otro domingo lo pasé con mi padre en el autobús.

En el ómnibus había placas metálicas entre las ventanas y el porta-equipaje con una serie de avisos y prohibiciones: «Prohibido escupir, bajo multa de cinco pesetas»; «No hablar con el conductor»; «Al apearse no cruce por delante de este vehículo, puede ser atropellado por otro que usted no ve»; «Conserve el billete durante todo el trayecto».

*

httpv://www.youtube.com/watch?v=YeGgLwD8wdc

3 responses

  1. Pingback: Bitacoras.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *


*