Diferencial

Los sábados por la tarde hacíamos una suerte guateques en la bodega sin uso de un llorado amigo. Al local, y por extensión a la fiesta propiamente dicha, le llamábamos Diferencial. Estos eventos (palabra que actualmente, junto con infraestructura, se usa hasta la saciedad), por lo que he ido viendo, han producido distintas consecuencias, a lo largo del tiempo, en la memoria de los participantes. Al algunos, como es mi caso, nos trae recuerdos y añoranzas; a otros, mujeres principalmente, les ha sido borrada del córtex esa época, siendo incapaces de remembrar incluso su asistencia a los saraos y, ni mucho menos, los actos consecuentes.

Comencé a asistir a las citadas fiestas gracias a mi amigo Francisco, que me avaló para ser admitido en tan elitista club. Había que dar doscientas pesetas, todo incluido. Música y bebida sin límites; también iban chicas. En una de las naves vacías de la bodega estaba instalado el asunto, había pista de baile, con luces de colores incluidas, barra, cabina para el disc jocquey y zona de revuelque perfectamente acondicionada y tapizada con serones y espuertas de esparto, material muy cómodo y mullido como es sabido por todos. Para faenas mayores, en el patio existía un remolque, medio cargado de arena y muy discreto. La cristalería era conseguida afanosa y pacientemente, mediante hurtos de vasos de tubo en todas y cada una de las discotecas y pubs de la localidad.

El pinchadiscos nos deleitaba con la mejor música del momento: de «Earth, Wind & Fire» a Bruce Springsteen; de los «Rollings Stones» a «Tequila»; de Mike Oldfield a Al Stewart. «The River», «Little T & A» y «Hoy quisiera estar a tu lado», eran piezas con mucho éxito y regocijo bailarín. También era muy celebrada, por quienes valsaban lento, «Hey Jude», debido fundamentalmente a su larga duración. Un servidor, junto con otro amigo, nos dedicábamos, generalmente, a tareas más etílicas y filosóficas que el baile y el ligoteo, no descartado, no obstante, ninguna opción.

Con el tiempo las fiestas fueron creciendo exponencialmente en el número de asistentes, todo el mundo quería asistir y, por tanto, acudía toda clase de gente. Recuerdo a un tipo al que nombrábamos por un mote bastante genital y que no era excesivamente espabilado, al que no puedo nombrar, ya que mi futura jubilación depende de su firma, que nos robó una botella de vodka. Fue descubierto y zambullido en un pilón como justo castigo a su sacrílego hurto.

También recuerdo a uno, especialmente delgado. Vivía con su familia en Madrid y algunos fines de semana los pasaban en el pueblo, acudiendo a la megaparty si coincidía con su asueto. Tenía esa condescendencia propia de los madrileños del país y que les hace ser materia atrayente de algún que otro tortazo. También tenía una hermana. De formas generosas y atractivas, me encontré, contraviniendo mis usos, sentado con ella en el borde del pilón.

La noche prometía: la luna rielaba sobre el agua de la pila, matizada por la distancia sonaba «Angie», el Terry con Coca-cola mantenía a raya la timidez, las hormonas me salían por las orejas y la chica se dejaba tocar. Había permanecido callada, hasta que de pronto y sin venir a cuento, me dice:

—Me gusta mucho Tomelloso, pero tiene menos pubs que Madrid. —en la segura entonación con la que Arquímedes dijo en la bañera su famosa palabra.

—¡Uy! —le respondí— Me he dejado el tabaco dentro y me apetece mucho fumar, espérame aquí sentadita, que vengo en seguida.

Rápidamente fui a reconciliarme con el silente Terry y mi amigo del alma sin regresar con la moza, que pasó al rato y, extrañamente, me dejó de hablar.

Diferencial murió de éxito, sufriendo incluso denuncias de los propietarios de discotecas por competencia ilegal.


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