Dos noches (de cuatro)

Hay relatos que solo interesan a quien los cuenta, pero por la causa que sea el narrador no puede zafarse de la necesidad de contarlos, aunque como digo, el sucedido no le importe a nadie. Me vas a permitir, paciente lector, que perpetre semejante villanía y te relate cuatro noches veraniegas, que ahora se me antojan, entre los miles de ellas que pasé en el ancestral surtidor de mis orígenes. A pesar de tener la constancia de que te importan una higa.

La primera de las noches fue la del uno de julio de 1979. Principiaba a emitir Radio 3 y yo era testigo, estaba escuchando el acontecimiento en mi flamante radiocassette marca Sharp. En un borgiano y misterioso círculo, la misma marca de la primera radio de transistores que tuvo mi amado padre a finales de los cincuenta. Un acontecimiento al que el maestro palermino habría sacado toda su elíptica molla. El aparato fue conseguido con gran esfuerzo por mi parte juntando con denuedo anillas del Wynn’s. ¿Qué es Wynn’s? te preguntarás. Unos aditivos para el carburante, americanos por supuesto, que obsequiaban al probo gasolinero con regalos de un catálogo, valorados en anillas de las que servían de tapa de las latas, como las de los refrescos, y que era preciso guardar escrupulosamente tras realizar una venta.

Ésta casa americana, realizaba regularmente promociones de sus productos en las gasolineras por medio de atractivas señoritas, que se acercaban al cliente en el momento de repostar y le susurraban:

—¿Conoce los productos Wynn’s?

Los tipos se quedaban con cara de película de Pajares y Esteso, incluso las contestaciones, algunas entre babeos, parecían sacadas de esos filmes; muchas me hacían sonrojar. Recuerdo un sesentón tocado con una gorra de esas que llevan los areneros en los toros, que con los ojos como platos y la saliva por la comisura de la boca, me inquirió:

—Son putas ¿no?

El jefe de zona de la citada comercial, el señor Resines, a la sazón de Campo de Criptana, villa de los molinos, prohibió las mentadas promociones en su ámbito geográfico debido a los follones producidos en los surtidores, entre las señoritas y los garrulos locales, suficientemente preparados en aquellos recientes años para el trabajo de la mujer.

Comenzaba la programación de la referida estación radiofónica con un rock and roll cantado por algún ente, a lo mejor extraterrestre, con voz de pito: «Radio tres, la mejor del mundo, radio tres, la que me gusta a mí». Después Carlos Tena y Rodri elogiaban las ventajas de la estereofonía en la radiodifusión moderna: «Cu-cu: canal derecho. Tras-tras: canal izquierdo». Desde entonces sigo fiel a la citada sintonía.

Recuerdo por aquellos días de estreno (emisora y radiocassette) la visita de un vecino y medio amigo; su familia eran propietarios de dos gasolineras en el pueblo. Con el tiempo llegó a ser una promesa rota, como tantos lo somos. Al ver el ingenio reproductor de música dijo que se iba a comprar otro enseguida. Y cintas de «Viles Pipes» y «Alba» que entonces arrasaban en las listas de éxitos.

La segunda noche no sé exactamente cuando fue, pero estoy seguro de que ocurrió. S. «T.», al que podríamos incluir dentro de ese grupo humano que ha hecho tanto por los pueblos de la celtiberia, que no hay localidad por pequeña que sea que no tenga uno y que tú, avezado lector, sabes a quienes me refiero; son tan populares que como apellido de su oficio llevan «del pueblo».  Una noche, el hombre, completamente borracho estaba sentando, o mejor tumbado, en el poyete del Palacio de las Moscas. Había llegado en moto, una Derby Tricampeona, pues estaba apoyada en la pared. Cuando el patrón de tan afamado e higiénico local estaba cerrando el establecimiento, el yacente le arreó un puñetazo a la puerta de aluminio arrancando un panel de la parte baja. El chepa mosqueado avisó a los guindillas. Éstos llegaron en un Land-Rover. Lo consiguieron espabilar, pero él insistía en que se iba montado en la moto. Los municipales intentaban convencerlo por las buenas (por las malas no podrían con semejante aléfano) pero el tipo se negaba a irse sin la moto y, mucho menos, a que la cogiese nadie.

—¡¡Es que el amoto es mio!! —gritaba.

Ante la imposibilidad de hacerse de él, los porristas fueron a buscar al padre. Hombre formal y de los de antes, de los que no se quitaban la boina ni para dormir. Volvieron al rato con el papá de la criaturita y un hermano pequeño. El progenitor se bajó del auto estrujando la boina con las dos manos y con lágrimas en los ojos:

—¡¡Canalla!! —le gritó— ¡Qué afrenta me has hecho pasar, toda la vecindad sentada al fresco y yo recogido por la justicia como un delincuente!

Le enhebró dos castañas y le dijo que la moto se la iba a llevar «el nene». Nuestro amigo se negó con el conocido argumento:

—¡¡Es que el amoto es mio!!

Otro par de galletas le hicieron cambiar de opinión.

—Bueno, pues que se la lleve «el nene». Pero yo no me voy a ir con estos, me voy andando.

Cuando el benjamín arrancó la moto y comenzó a marchar con ella, le grito:

—¡¡Nene, cuando llegue a casa no vas a tener frío!! —y volvió a insistir— ¡¡Es que el amoto es mio!!

Los policías se subieron en el auto, haciendo lo propio el cabizbajo padre. Todos se alejaron y respiré aliviado.

—¡¡Es que el amoto es mio!! —oí gritar y un escalofrío recorrió mi espalda.

No podía ni imaginar la noche que me esperaba.

Y caigo en la cuenta de que esto se ha alargado y que las dos noches que faltan pueden ocupar una próxima entrada.

httpv://www.youtube.com/watch?v=y63frql8W-8

13 responses

  1. Pingback: Bitacoras.com
  2. ¡Jóooo… qué noche! Como para no tener miedo, trabajando en la Gasolinera, estando solo.
    De todas maneras, muy bueno.
    Saludos

  3. Las mil y una noches ¿por qué quedarse con cuatro? De momento sirven para alegrarnos y volver, en mi caso, al mundanal comentario en tú blog.

    Muy bueno! :-)

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