El augurio

bola

A la altura justa de la vista, en una estantería repleta de morralla y metida en una palmatoria azul de cristal, hay una vela fina y amarilla. De un amarillo cereal, agosto y era. Le llama la atención más que cualquier objeto, a pesar de que la candela está rodeada por infinidad de cacharros. Imágenes religiosas de todas las creencias de iconódulos; piedras, cristales, cruces, estrellas, objetos metálicos con gemas incrustadas, libros, papeles sueltos y  barritas de sándalo. Las imágenes religiosas parecen de formas más cómodas y suaves que lo que recuerda de los originales, cómo si las quisieran hacer más accesibles.

Mientras espera mira fijamente a la vela, entornando los ojos es capaz de doblarla, cómo si tuviese fuego en la vista. La ilusión óptica le entretiene la espera y le otorga poderes de basilisco. Acompaña a una amiga a una sesión con una vidente. Está separándose de su marido y necesita saber si la relación se puede salvar. Como dice que la religión católica es un engañabobos, necesita un punto de vista metafísico para reconducir su vida conyugal.

Ella la acompaña, se lo ha pedido y cuando su amiga le pide algo… Esperan, la paciente lee una revista, ella dobla la vela pajiza con la vista, entornando los ojos. De una puerta sale una pareja. Nombran a la amiga; le dice que le acompañe. Se niega. La otra insiste. Entran juntas.

Es un gabinete acogedor, una mesa redonda que con un brasero podría hacer las veces de mesa camilla. Hay una lámpara colgada del techo y que solo ilumina el redondel de la tabla, el resto está en penumbra. Ella se sienta en un rincón. La adivina tiene una voz agradable que da confianza y un físico enternecedor: la abuela que todos quisiéramos tener. Mientras la amiga se confiesa con la bruja, ella piensa en que se halla de nuevo ante otra encrucijada vital. Se ha cansado de la monotonía de su insatisfactoria vida profesional y necesitar dar un giro. Quiere dedicarse a la pintura exclusivamente, vivir de ella.

Acaba la sesión de la amiga y la maga la invita a que se siente a la mesa. Se niega. La harúspice insiste con su dulce voz. Accede; se acomoda en la mesa, junto a la nigromante. Se saludan, se presentan, la anciana la mira dulcemente, pero de hito en hito. Al cabo de cinco minutos le pregunta:

—¿Cómo llevas la pintura?

—¿La pintura?

—Sí, la pintura… La pintura es tu vida y es el clavo ardiendo al que te tienes que agarrar. Es el último tren. No lo dejes escapar.

Cuando salieron de la casa de la vidente fue a comprar un maletín nuevo de óleos.

httpv://www.youtube.com/watch?v=FIQQv39dcNE

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