El encargo

Descompuesto, sudando, calle Nueva adelante y con el Ford Fiesta a más de cien por hora, aún yendo por el pueblo, entró en su calle. Hay que joderse lo que le habían dicho, a él, pero van a saber lo que vale un peine.

Desde que se jubiló no dormía nada.  Se despertaba con el alba. Necesitaba sentirse útil,  para lo cual buscaba faenas imposibles intentado hacer más corto el tiempo. Alargaba los recados para que durasen, al menos, medía mañana. Las tareas domésticas, era viudo, las planificaba, medía, detallaba y realizaba parsimoniosa y perfectamente con el mismo fin: eternizarlas para estar ocupado.

Sin embargo, aquel día se levantó feliz. Le habían encargado un trabajo de provecho y encima, si lo hacía bien, tendría posibilidades de hacerlo casi todos los días. El hijo mayor compró una finca de regadío con un socio, hacía pocos meses. Le habían pedido que se acercara aquella mañana a darse una vuelta por ella, controlando a los obreros y el funcionamiento de la explotación, ya que estaban en plena campaña de cultivo de melones.

Pensaba que no era tan inútil y que tarde o temprano, todos necesitan de su ayuda. Recordó cómo cuando compró la tierra el hijo, se lo contó cuando no tuvo más remedio y que casi ni lo lleva a verla. Y ahora irremediablemente tenían que pasar por él. Además, se iban de viaje cuando más trabajo había, afortunadamente estaba el viejo, a los obreros no se les puede dejar solos y menos con ese encargado que tienen, un listo. Pero, cavilaba, a estos les organizo yo todo y han de contar conmigo, por lo menos, mientras dure la campaña del melón.

Una vez desayunado y tras hacer tiempo, salió con el Ford a las diez de la mañana, con idea llegar al corte a las once y que los trabajadores estuviesen ya en el tajo tras el almuerzo. La explotación estaba al otro lado de Cinco Casas: una hora y poco de trayecto. Mas cuando llegó a la propiedad, desde el coche, observó que no había ni un alma trabajando. Se descompuso, menudo era él, aceleró el coche hacía el entradero de la casa, comenzando a tocar el claxon como un poseso, o un panadero de reparto. Los peones se asomaron y al ver venir un auto despendolado, se esperaron en la puerta.

—¡Qué hacéis a las once y media en la casa! —le soltó a bocajarro mientras se bajaba del auto— ¿Cómo no están los amos, os echáis la siesta del borrego? ¡No veis de gandules!

—¿Qué dice ese tío? —replico un trabajador con tono de sorna.

—¿No sabéis quién soy? —les dijo a grandes voces y totalmente desfigurado— ¿Qué si no sabéis quién soy? —reiteró— ¡Tenéis el melonar hecho una mierda! ¡Pero bueno! ¿No sabéis quién soy?  —volvió a insistir.

—¡Un bacín! —respondió el encargado— Y cómo no salga usted de esta finca volando, vamos a tener tonterías.

—¿Bacín a mi? —dijo mientras se montaba en el coche.

Salió del carril marcha atrás aceleradamente. Todo el camino hasta el pueblo fue rumiando. A estos los escarmiento, ya veras, con la gente no se pueden tener miramientos ¿Qué se creen?  Quién ríe el último… A estos los espabilo, vaya si los espabilo. Entro a su calle, desde la calle Nueva, sudando, descompuesto, blanco. Se bajó de un salto, abrió la puerta de la casa y fue directo a donde guardaba la escopeta. Le metió dos cartuchos y se echo un puñado de ellos en el bolsillo, se montó de nuevo y regreso a la finca cegado por la ira,  con la sangre subida a la cabeza.

Llegando a la suerte, principió otra vez a pitar cómo un salvaje, los braceros acudieron otra vez, ahora con cara de cachondeo.

—Ya está otra vez aquí el tio cansino este. —dijo uno de los peones— Igual que una regadera está.

Cuando el grupo estaba a pocos pasos del coche, freno de golpe y se bajó con la escopeta terciada sorprendiendo a los operarios que se quedaron inmovilizados. Apuntando al encargado, gritó:

—¡A ver, valiente! O retiras lo de bacín, o te pego once tiros.

—¡¡Lo retiro, lo retiro!! —grito con rapidez el interfecto.

El negocio que al hijo y al socio les hizo ausentarse, terminó antes de lo esperado, decidiendo ambos darse una vuelta por la finca, llegando justo en ese instante. Una vez aclarado todo, no fue necesario que el protagonista del relato  controlase ese verano a los trabajadores.

Nota:

Bacín en La Mancha en general y en Tomelloso en particular, viene a ser un cotilla, alguien que se preocupa en exceso de la vida y obra de los demás y que además, se mete dónde no lo llaman. Es sinónimo de «licinciao».

httpv://www.youtube.com/watch?v=RAsV7lSVszE

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