El panadero

En los pueblos tenemos pequeñas, pero ciertas, ventajas que nos hacen la vida más fácil en comparación los los habitantes de las grandes urbes. Aquí en Tomelloso, sin ir más lejos, nos traen el pan a nuestra misma casa. Las panificadoras por medio de furgonetas ad-hoc equipadas con potentes cláxones y conducidas por simpáticos y eficientes repartidores, les llevan a sus parroquianos el honrado alimento, a diario y a domicilio. Si casualmente ningún miembro de la familia se encontrase en la morada a la hora de acudir el blanco reparto, el panadero aleccionado y atento a la clientela, dejará colgada del llamador o del pomo de la puerta la ración diaria, de acuerdo con la observación empírica del tahonero, de la media del consumo diario del hogar a atender. Después apunta diligentemente el importe de la venta en una libreta, para cobrarlo cuando sea posible.

—Eres más seguro que el carro del pan.

La antecedente frase se usa como sinónimo de puntualidad e inexorabilidad. Antes el pan se repartía en carros, como habrás deducido avispado lector. Yo conocí al último que hacía las entregas mediante tracción de sangre. Una suerte de último mohicano. Iba con una tartana tirada por una borrica y tenía un extraño nombre, sinónimo de blanco, pero que resultó rana como comprobarás en los párrafos siguientes.

La familia del citado bigardo, tenía una panadería en una calle con nombre de pintor. El padre se unió a otros maestros de pala en la constitución de una sociedad, con la que construyeron una moderna panificadora industrial y, claro, dejaron de cocer. Vendieron la jumenta a una fábrica de mortadela o de salchichón, que no recuerdo y el marrajo se quedó como paseante de villa. Se conoce que se aburría y le dio por poner las mientes a trabajar. Ya lo dice el aserto: «hombre parado, malos pensamientos» y el tipo lo cumplió a pies juntillas.

Una noche que servidor estaba de turno en la gasolinera, se acercó por allí a verme. Estuvo toda la noche haciéndome compañía, y uno tan contento de tener alguien con quien charlar. Por las noches no llevábamos la cartera colgada, una de tantas costumbres inservibles e ideadas para conjurar posibles atracos, se quedaba colgada de una percha en la habitación que servía de vestuario. Al cobrar una venta, metíamos el dinero dentro. El tipo anduvo por todas las dependencias libremente y sin ninguna sospecha por mi parte, lo consideraba alguien de confianza. Horas antes de acabar el turno me preguntó varías veces que si cuadraría la caja a las seis de la mañana, cuando viniese el relevo. Le dije que no, que tenía mucho sueño y no estaba para cuentas, que metería todo en un sobre y luego me acercaría cuando me levantase a hacer el cuadre. No le encontré sentido a su pregunta hasta que fui a ajustar la cuenta y me faltaron mil duros.

Meses más tarde se hizo soplón de la incipiente Policía Nacional. En Tomelloso tuvimos durante unos años y hasta que conseguimos echarlos — por cierto, otra historia digna de ser contada— comisaría de la policía del Estado. Gracias a sus habilidades, un buen amigo acabo en la cárcel de Ciudad Real junto al «Vaquilla». Estaba bien visto por los maderos, pero con la marcha de los corchetes, acabó su fulgor.

Cuando estuvo muy visto en la localidad, se fue a buscar fortuna a Madrid. De vez en cuando venía, formaba corros en los bares e invitaba a copas. Vestía mejor que cuando se fue y fumaba Moore. Contaba historias increíbles de como en la ciudad atan los perros con longaniza. Decía que se había colocado de chófer de un importante banquero.

Meses después vino publicada en el ABC la desarticulación de una peligrosa banda que se dedicaba al secuestrar familias en sus domicilios. Iban por la noche, los retenían a todos con violencia y por la mañana mandaban a un miembro de la familia, casi siempre al padre, al banco a que retirase todo lo que hubiera, con la amenaza de no dejar a nadie vivo. Él panadero era el cabecilla.

Hace un par de años me crucé con él en Tomelloso, intentó saludarme pero volví la cabeza: no le he perdonado lo de los cinco mortadelos.

httpv://www.youtube.com/watch?v=Ldez8afsWlU&feature=youtu.be

16 responses

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  2. Maravilloso relato, genial historia y seguro que con el paso de los años, hasta sale una sonrisa de tu boca recordandolo. Que sinverguenza, que tio cara!!!
    Yo que vivo en un pueblo, y que tengo la gran suerte de que me traigan el pan a casa, no imagino ni por un momento a nuestro querido Edu, en una situacion similar…. Para nada!!
    Un beso y un abrazo.

  3. No creo que se puedan, contar las historias reales o no, de nuestros convecinos de una forma tan jugosa, como tu lo cuentas. Espero cada entrada, como agua de mayo. Y ya sabemos al pan pan y ” al vino ” vino, decía Gotera……..

  4. ¡Increíble, Francisco! Para que luego digan que la realidad no supera a la ficción. ¡Guau! Me he quedado estupefacto. Es increíble lo caraduras que son algunos. Y, por cierto, yo respaldo que no le saludes, ¡menudo jeta!

    Un abrazo :)

  5. Es lo que tienen las ventajas y los pueblos pequeños, se tornan en desventajas fácilmente y te las encuentras a menudo. Me gusto el relato y me recordó a mi pueblo.

  6. Amigo Paco: Lo que cuentas de ese “elemento” debería dar rabia. En cambio, tal como lo dices provoca, como poco, una sonrisa. Estoy por decir que eres “Mas güeno que el pan”.
    Un abrazo

  7. Pocas veces te comento, pero en días como hoy en los que “te uso” apartar otras cosas de mi mente, no me queda más remedio: Genial que tienes la manera de sentirme envuelta en ese mundo que cuando lo leo me siento casi allí. Gracias Paco.. un placer! :)))

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