El sí del Chencho

Resultó que la compañía multinacional dueña de la gasolinera y nuestro pan, quiso implantar en sus surtidores máquinas electrónicas para el control y gestión de las ventas, cuadres de turnos, etcétera. Terminales punto de venta, llamados por el acrónimo tepeuve. Casualmente la implantación y a la vez prueba del cacharro comenzaría por nuestra amada estación. Era un artilugio marca IBM, parecido a una caja registradora, tenía una pequeña pantalla verde a modo de bandera, mástil incluido y un teclado ad-hoc. Era igual que los de El Corte Inglés.

Vino a instalar los programas y a enseñarnos el manejo del ingenio un joven y petulante informático de la empresa vendedora al que daban ganas de pedirle a gritos que se pusiese de pie dada su talla. A pesar de las sobreactuadas maneras de las que hacía gala se quedó a dormir en una pensión local asaz mugrosa. Utilizaba una muletilla insistentemente, no la recuerdo, pero si que la intercalaba en cada frase adelantándose a su tiempo en el uso de latiguillos, contrariamente a lo que ocurría con sus corbatas.

Y nuevamente me encuentro relatando una anécdota cuando la verdadera pasión de este escribidor son las entradas enjundiosas y profundas; todo sea por tu entretenimiento y disfrute, amado lector.

Durante tres días el joven técnico trato de desentrañarnos los secretos de la máquina, todos nos desenvolvíamos bien salvo Ángel, completamente negado en esos menesteres.

Este Ángel, sirva este ejemplo como medida de sus facultades técnicas, hacía el cuadre del turno efectuando los cálculos para el mismo mediante cuentas realizadas a mano sobre el revés de viejos formularios. Un día que coincidimos le pregunté extrañado, la razón por la que no usaba la calculadora para tal fin, a lo que respondió:

—Por qué si me faltan, por ejemplo, mil duros haciendo la cuenta a mano, puedo repasar después con la calculadora, pero si me faltan con la máquina, a ver ¿dónde los busco?

Viendo que se estaba jugando las habichuelas, me lo eché de tarea personal y durante las horas de la comida repasábamos las lecciones recibidas. Le hice diagramas, repetí una y otra vez los procesos, pacientemente, hasta lograr que el último día fuese capaz de hacer una venta a crédito con el cacharro. Tras dos horas lo tenía prácticamente hecho.

Había introducido el producto, la cantidad, seleccionó la venta a crédito, incluso fue capaz de buscar y encontrar el cliente de ejemplo al que asignaríamos el crédito. En la pantallita verde, apareció el siguiente mensaje:

«Francisco Navarro

(Si/No)»

Ángel, estirándose un poquito, con cara de satisfacción e importancia y formando una bocina con la mano derecha, se acercó a pantalla y dirigiéndose a ella, dijo:

—¡Sí!

httpv://www.youtube.com/watch?v=KHij0Vb3vMg

5 responses

  1. Pingback: Bitacoras.com
  2. Jajajaj, lo que me he reido. Es como la vida misma. No, mejor dicho, ES la vida misma. No sé con cual me he reido más, si con este post o con el de la bicicleta. Sigue así, amigo tuitero, nos haces pasar muy buenos ratos.
    Un beso.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *


*