El gato

Tétrica y desdentada, nadie recordaba su edad, siempre había estado en la aldea vieja y malpeinada. La misma ropa parda que antes fuese negra, la cabeza cubierta con un pañuelo también negro alguna vez, encorvada pero con movimientos rápidos y precisos. Andaba de casa en casa, haciendo visitas, como ella decía. Y al amor de la lumbre o a la sombra de la parra, según la estación, contaba en la tertulia los más ocultos e intrincados secretos de los vecinos, chismorreos inauditos ocurridos en soledad, sin alma viva delante: Julián ha hablado mal de tu marido, esta noche pasada, a su mujer, que es un bragazas, le ha dicho. O en otra casa afirmaba que Saturnino, él de la Áurea, tenía la costumbre de dormir sin calzones, el cochino. Sabía todo lo que pasaba en el pueblo y lo iba propagando sin rubor: las salidas nocturnas de fulano a casa de mengano cuando este estaba de quintería. Las peleas de Marcial para pagar el rento, etcétera.

La vieja tenía un gato. Negro. El animal solo aparecía en ausencia de la anciana, lo que hacia sospechar al vecindario que gato y abuela eran el mismo ser, que la trotaconventos era en realidad una bruja y que se trasmutaba en felino a conveniencia. Una noche ocurrió que cuando el gato estaba rondando por el tejado de una de las casas del pueblo el dueño le tiró un atizador que acertó de lleno en una de las patas delanteras del animal, de manera que cayó del tejado y huyo cojeando. A los pocos días a la vieja se le podía ver con el brazo al cabestrillo. Y desde ese día no volvió a referir ningún chisme de la vecindad. El gato no se volvió a ver por la aldea.

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