Enchufes

Todos los enchufes acaban invariablemente quemados y desprendidos de la pared.

Si no fuese por el automático habría salido ardiendo la casa treinta veces. Debo pensar seriamente en cambiar la instalación eléctrica, en ampliar el número de enchufes y suprimir ladrones. El problema es el mismo de siempre: el odio que profeso a los electricistas. No soporto su dialéctica, ni sus herramientas, ni el olor a cinta aislante: me perjudica gravemente y me produce ese maldito dolor de cabeza que me trae pensamientos terribles.

O puedo hacerlo yo. Ir a la ferretería y comprar lo necesario. ¿Que es lo necesario? Cable, enchufes, regletas, Nada de cinta aislante. Hacer un plano, calcular amperios, empotrar enchufes y cables. Es fácil, los de la televisión lo hacen perfecto y en poco tiempo ¿No voy a ser yo capaz? Ya digo, necesito cable, enchufes, regletas, yeso, las herramientas necesarias. Y nada de cinta aislante. Hace que me duelan las sienes hasta llorar, que vea sangre saliendo a borbotones de la carne fofa de un electricista. Y me hace pensar en los cuerpos de los pobres electricistas que abonan mi jardín.

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