Espera

Llegamos a la sala de espera previa al consultorio, no hay nadie. El suelo está brillantísimo y cristalizado, parece laca, pero hace que destaquen los rincones sin limpiar que son muchos. Se oye conversación dentro de la consulta. Una pareja mayor da las buenas tardes y se sientan en los bancos azules de plástico. Pulidos por centenares de miles de traseros brillan casi tanto como el suelo. Él lleva la voz cantante y se nota. Habla un octava más alto que el tono común de conversación, impúdicamente y de cosas consideradas personales por la educación y la buenas costumbres.

Repite sistemáticamente el predicado de las frases que recita su esposa, de todas. Están hablando del piso que a un nieto que tienen, portento donde los haya, una lumbrera que saca matrículas de honor, le van a alquilar sus padres. La madre del cerebro es la hija de la pareja. El considera que el mejor piso que deben alquilar es el de una señora cajera de un supermercado, cercano a la universidad, dice. Pero claro, tu hija es como tú y va a hacer lo que ella quiera. A todo esto la sala de espera esta media ya de gente tan sorprendida y boquiabierta como nosotros. Comienzan a tratar cuestiones más peliagudas y referidas a enfermedades y dietas. Él sigue con su tono elevado y su voz presuntuosa.

Empiezo a notar el calor, como es de esperar en un centro público el aparato de aire que está encendido es el de la zona donde no hay nadie. El murmullo sube de tono y de intensidad, el calor se hace insoportable, alguien levanta la persiana que estaba bajada, la luz me molesta en los ojos y hace que la sensación térmica aumente. Los pacientes se eternizan en el consultorio o eso creo. Nadie se calla y empiezo a sudar. Me levanto y paseo rápida y convulsamente y lejos de calmarme aumenta el agobio y el nerviosismo.

Pienso en el hermano de un compañero de espera, intentando evadirme, pero es imposible. Ni pensando en su vecino, ni en los setos de boj que había en su calle encuentro calma. Mi cerebro no entra al trapo de los engaños ni sigue ninguna secuencia de pensamiento, solo calor y nervios.

Cuando me veo como Michael Douglas en «Un Día de Furia», nos hace pasar la doctora.

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