Extraña mezcla

Dedico esta entrada a @laeme , tenaz seguidora de este blog.

Muertos

Dependiendo de la hora del óbito, a los muertos los entierran —como Dios manda a sus muertos— al día siguiente o a los dos días. Si el fallecimiento se produce antes de la última hora del día (antes de maitines), solo se vela al cuerpo una noche. Si la muerte viene a por el interfecto después de las doce, dos noches de vela. Esto se hace por si el extinto no está muerto del todo, no vaya a ser que lo entierren con vida.

No conozco (ni a nadie que conozca) a ningún muerto que haya vuelto a la vida. En la calle Santa Rita, en un velorio, ya de madrugada y cuando los dolientes estaban medio adormilados, el muerto, se conoce que del rigor mortis, se incorporo en el ataúd quedándose en posición de sentado. No quedó un alma, corrieron todos más que el tío de la lista.

A los muertos hay que arreglarlos enseguida porque si te descuidas se ponen rígidos y ya no hay nadie capaz de moverlos. Un primo segundo de mi padre, soltero y solo en la vida, se murió sentado en una silla. Cuando lo encontraron a los tres días, el cuerpo tenía forma de cuatro y no hubo manera de enderezarlo. Lo llevaron a la última morada sentado en el pescante del coche fúnebre, junto al cochero. Afortunadamente se murió con un traje puesto. Horas antes de la visita de la parca había estado de boda y acudió al postrer momento con terno príncipe de Gales. Al menos le evitó a los deudos el trago de tener que amortajarlo hecho una ballesta.

Hubo una señora, propietaria de una tienda de comestibles en la calle del Campo que ofreció amortajar a quien lo pidiese, el finado como manda o los dolientes como auxilio. No cobraba nada y se daba mucha maña en colocar la tela del sudario, haciéndole unos pliegues muy aparentes y con mucho empaque. Incluso los almacenes Claudio, que estaban en la plaza, abrían de madrugada si era necesario, para suministrar tela o trajes con los que componer la última vestidura, la de mirar cara a cara al Hacedor.

Eran otros tiempos más fraternales.

Lavadoras

La primera vez que acudí a la casa de los Emes fue en quinto curso de la antediluviana E.G.B. Fuimos a hacer un experimento de física recreativa que habíamos visto en un programa que entonces emitía la televisión. Consistía en fabricar una máquina de vapor con un bote de tomate. Había que hacerle dos agujeros, en las antípodas el uno del otro, introducirles unos tubos de vidrio a los que previamente y calor mediante, se les había dado forma de codo de 90 grados, colocados cada uno en distinto sentido. Después se llenaba el bote de agua y se colgaba de un cordel, se le metía lumbre por debajo y cuando el agua hervía, el vapor salía por las varillas imprimiendo un movimiento de rotación al bote bastante entretenido. Eso en la tele. En la vida real te puedo asegurar, precavido lector, que ese experimento no funciona.

Pasamos por la portada, tenía una entrada muy larga y habían colgado unos lienzos sujetos con cuerdas para dar sombra. En el paso de vehículos había una pequeña puerta que daba a un patio cubierto con una bella y modernista montera de cristal. Justo enfrente y al otro lado había un camarín con un santo viejo, grande y con largas barbas. El patio tenía un zócalo de azulejos. Desde ahí se iba a un pasillo que daba a la cocina y continuaba hasta la cuadreja desde donde se salía al corral. En ella tenían el lavadero de piedra y la primera lavadora automática que vi en mi vida.

Era como las de los anuncios, preciosa, blanquísima, brillante y con esa ventana en el frente como el ojo de Polifemo. Al interesarme por ella, Eme me explico que era una lavadora super-automática, por lo visto y además último modelo de la mejor marca de entonces. Estando allí el aparato comenzó a centrifugar. La máquina comenzó a dar saltos como una cabra, desplazándose de un lado a otro, como el macho del Bonero y emitiendo un sonido parecido al de una fragua en hora punta. Al preguntarle que si eso era así respondió:

—Así debe ser. Es una lavadora super-automática, último modelo.

Tras acabar el electrodoméstico el ciclo de lavado nos pusimos con el fallido experimento.

Regresé algunos meses después. Hicimos el mismo recorrido y me volví a interesar por la máquina de limpiar que casualmente estaba en marcha. Cuando llegó al centrifugado de la ropa, lo realizó sin moverse del sitio y sin apenas ruido: solo giraba el tambor a gran velocidad.

—¿Ya se ha roto? —le pregunté interesado a mi condiscípulo.

—¿Roto? ¿Por qué? —me dijo sorprendido.

—Como decías que se movía tanto porque era el último modelo. —le aclaré.

—Calla, calla…

Y me explico que las lavadoras vienen de la fábrica con unas tablas, que fijadas con grandes tornillos al chasis de la máquina, sujetan el tambor de la misma durante el transporte. Era la primera vez que tenían lavadora de esa clase y el que se la vendió también se estrenó en ese segmento de aparatos hogareños. Menos mal que vino a pasar unos días un primo de Valencia  y al ver a la lavadora como a la niña del Exorcista, les explico lo de las maderas y se las quitó al cacharro. Pensaban que funcionaba así.

httpv://www.youtube.com/watch?v=WW_EzR4yWws

10 responses

  1. Pingback: Bitacoras.com
  2. Siempre hay conexiones. La más obvia son los sistemas de inhumación ecológicos tan de moda ahora, visto en algún blog techie. Pero la buena estaba más hondo, una cita de Maximus Decimus Meridius (“gladiator”):

    “At least give me clean death. A soldier death”

  3. Pues sí. Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita. Hoy la protagonista de este estupendo post es MM y lo dejaremos ahí. No me vaya a dar otro soponcio.

    Besos a repartir :-)

  4. Algo parecido le ocurría a uno que tengo aquí a mi lado, aunque él no solo vió las tablas sino que también reparó en la piedra que contrapesa el tambor, retirándola con gran esfuerzo por su parte. Claro, la lavadora se plantaba en medio de la cocina en cada centrifugado, y eso que estaba empotrada en los muebles que si no.

    Recuperando las lecturas obligadas del gasolinero después de un agosto procrastinador. Un abrazo

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