Gracia

A los pocos meses de nacer, una vieja vecina vestida de negro le descubrió impresa en el paladar la cruz de Caravaca, augurándole poderes contra el mal de ojo, la capacidad para colocar huesos, pegar la carne cortada, etcétera.

Vino al mundo en una familia que tenía una pequeña serrería. Hacían tarugos de encina que luego vendían como combustible invernal para las modestas estufas menestrales de las viviendas de los obreros y braceros. También aserraban las cepas repudiadas por viejas, desterradas de la viña, cambiadas por la juventud y voluptuosidad de una nueva plantación de higiénicas vides americanas, libres de todo mal. Fabricaban, así mismo, astiles para azadas, mañosamente, dando golpes a una rama, previamente seleccionada por su forma, con una azuela, paciente y concienzudamente, sacando largas virutas. Estas faenas madereras las compaginaban con el cultivo de la vid, afanosamente llegaron a juntar una importante partida de viñas y una longuera clientela taruguera.

Empezó a ejercer sus mágicas habilidades cuando vino licenciado. No consiguió librarse de la milicia como muchos de su edad, casi todos agricultores con recursos, sobornando al coronel de la caja de reclutas de Alcázar, pues días antes de entrar en quintas fue descubierta la celada por las autoridades militares, teniendo muchos de ellos que volver al servicio, casi todos a África o Mahón, como castigo a su cohecho.

Comenzó arreglando huesos; observó que Cirilo, famoso colocador de huesos de la calle del Carmen, tenía una buena parroquia. La cosa no pudo empezar mejor, a un joven con una torcedura en el tobillo y por medio de un certero y rápido movimiento del pie, le eliminó el dolor instantáneamente y salió de la casa apoyando el miembro anteriormente malo. Cuellos con tortícolis, esguinces, tirones, se los llevaba de paso. Debido a los excelentes resultados de sus intervenciones y a su cara de buena persona, la fama fue corriendo por el pueblo como la pólvora, teniendo que usar su gracia varias veces todos los días. Por cierto que no cobraba, de vez en cuando aceptaba algún presente, nunca dinero.

Después, y siempre los viernes, miraba de asiento. Frente al paciente y pronunciando su nombre y apellidos, dejaba caer unas gotas de aceite deslizándolas por un dedo en un vaso de agua, mientras rezaba una oración a la Virgen. Según las formas de las gotas de óleo sobre el agua dictaminaba (siempre gracias a la innata virtud incorporada a su ser por la presencia en el cielo de la boca de la cruz patriarcal) el estado espiritual del parroquiano y el remedio en su caso.

Fue ampliando paulatinamente su panoplia de especialidades. Se hizo un afamado conjurador del mal de ojo, no necesitando para arrancarlo de raíz la presencia física del maldecido, bastaba con que un familiar le llevase el recado, o incluso una llamada telefónica. La maledicencia y sorna manchega hizo que se le conociese popularmente como «El Doctor Ceporro», conjugando la habilidad sanadora con su origen serreril, en una época en la que los médicos de la iguala no eran muy respetados, llegando alguno (al que luego le pusieron «El Médico de la Cepa») a recetar como tratamiento para un resfriado un saco de polvo insecticida contra el sapo de las viñas, o piral. U otro a dar la lista de los materiales de construcción de una futura obra como remedio contra unas purgaciones.

Llegó a saber diagnosticar y señalar mediante la imposición de sus manos enfermedades de nombres terribles y finales fatales. Ya maduro y de casualidad, nuestro héroe descubrió sus habilidades readiestésicas, ejerciendo desde entonces también como zahorí. Se colocaba una rama en forma de i griega, metiéndose los dos palitos superiores debajo de lo sobacos y dejando el tronco principal hacia adelante. Cuando pasaba sobre alguna corriente telúrica, el palo delantero comenzaba a moverse de arriba a abajo, debido a los magnetismos que surcan la tierra.

Una vez, en Las Tintoreras, cerca de La Alameda de Cervera, le marcó un pozo a un conocido agricultor tomellosero, explicándole tras los esparavanes rabdománticos al propietario de la parcela:

—Hemos dado con una corriente que viene de Teruel.

—Pues habrá que hacer aquí el pozo. —dijo el viñero— Por lo menos que bebamos el agua fresca.

httpv://www.youtube.com/watch?v=Wa0Ln6Ly70g

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