Grité una noche

El asunto de la tercera noche no correspondió a un turno mio, sino de Pepe.

Pepe era un joven de Bollullos de Condado, provincia de Huelva, que reclutamos durante ese verano, creo que alguno más, para cubrir las vacaciones. Vivía en Tomelloso, su padre trabajaba en una de las fábricas de Domecq, la que había en la calle de ese nombre, estaba al cargo de la investigación de algún tipo de vino dulce; él era ingeniero técnico agrícola, aunque sin trabajo, me parece que tenía novia autóctona. Tal vez no y el de la novia sea otro. Llegó al surtidor recomendado por mi hermano, se juntaba con «los límites», a pesar de ello era buen chico. Tenía el pelo largo y barbas de chivo, o de santo viejo, hablaba con un voz muy queda y acento dulce; contaba chistes de Lepe, sosamente y sin gracia.

A uno de los dueños de la gasolinera no le gustó que entrase Pepe ya que tenía otro recomendado, pero a los otros socios, que además eran mayoría, les pareció más conveniente fichar al andaluz. No se lo perdonó y cada vez que iba por la gasolinera y estaba el ITA de turno le afeaba todo lo que hacía y sobre todo, su estética. El pelo muy largo, la barba muy rala, el habla muy sosa. Llevaba unas alpargatas con el piso de esparto y con las punteras completamente desfilachadas, parecía que tuviesen perilla. Una mañana se dirigió a un servidor el dolido jefe, señalando el calzado del meridional compañero y parafraseando un conocido aserto tomellosero («Viendo la choza, se ve al melonero» que viene a ser como decir que se puede juzgar a alguien por su pulcritud —o ausencia de ella—)

—Menudo tiene que ser vuestro amigo. Viendo las alpargatas se ve al gasolinero.

Afortunadamente fue capaz de ir zafándose de las invectivas y venablos de la parte contraria de la sociedad gasolineril.

Aconteció que un sábado por la noche el referido Pepe entraba de turno de noche. Éste cronista había estado servicio por la tarde, durante el relevo quedamos en que le haría una visita una vez concluidas mis obligaciones sociales. Tras el aseo y la colación fui a buscar a Mari Carmen, entonces novios. Anduvimos dando una vuelta por los locales de moda, creo que tomé cuatro o cinco güisquis, entonces los tomaba con agua, de la mercantil Justerini & Brooks. Ya tenía el Ford Escort. A la una y media o dos fui a llevar a mi novia a su casa y me encaminé a ver que tal llevaba Pepe la noche.

La cosa parecía tranquila, el hombre estaba viendo la tele en la calle, al fresco. Me senté con él. Se conoce que se me encendió el paladar pues al rato me apetecía seguir bebiendo. Le comenté mi sed y la necesidad de calmarla, me informó que él también se tomaría algo. Fui a comprar bebercio, había una tasca que estaba en el parque de los peones camineros, nos vendían litros de combinados a un precio aceptable. Me lleve dos, el orden de las palabras en mis frases ya era ciertamente particular en ese punto de la noche. Trasegamos los cubas libres a morro y me preparé para irme a casa, automóvil mediante. Aunque no me tenía de pie y a pesar de la insistencia de mi compañero en no dejarme ir, me monte en el Escort y me encaminé a mi casa.

En un principio la conducción iba relativamente recta y bien, dentro de mi estado, incluso lenta. Al entrar en el casco urbano por la Avenida Virgen de las Viñas di un grito y aceleré hasta poner el auto a ciento y pico. Recorrí el pueblo hasta el asilo a esa velocidad, por la calle principal. Allí vi a Zapatones y al Soso que me hicieron señas para que les llevara. Los subí, me indicaron que les acerase a casa: vivían en mi barrio. Hice el mismo recorrido a la misma velocidad y en sentido contrario, pero esta vez con la cabeza apoyada en el hombre de uno de ellos, el que se sentase delante, no recuerdo quien. No hablaron en todo el trayecto, ni después a mi durante mucho tiempo. Afortunadamente llegamos a casa sin ningún contratiempo. Me dormí enseguida.

A las pocas horas me desperté sobresaltado, asustado y llorando. Tenía el miedo metido en los huesos, sólo pensaba en lo que podría haber pasado si se hubiese cruzado un peatón, o un coche, o un volantazo, o… Estuve en ese estado durante semanas. Hasta hoy sólo lo sabíamos Zapatones el Soso y yo. Era la primera mala jugada que me hacía el alcohol, después vendrían muchas más, pero entonces no lo sabía.

¡Vaya por Dios! Nos queda la cuarta y yo parezco Sherezade alargando esto como si me fuese la vida en ello.

httpv://www.youtube.com/watch?v=swAJ2wiL8uc

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