Cuando vimos «Heavy Metal»

El sábado por la noche pusieron por televisión la magnífica, al menos para mí,  «El crack dos» de José Luis Garci. El Madrid de principios de los ochenta es el leitmotiv de la película. Ese Madrid tan gris como el color de la cinta, tan destartalado como el despacho de Areta y tan lento como el tempo que Garci transmite a sus films. Los autos que se muestran, Renault 9, 14 y 18, que ahora nos parecerían carros de mulas, eran «el último grito» entonces. Recordé los viajes a la capital en aquellos años, el anual viaje con el instituto al SIMO, algún que otro viaje familiar y especialmente cuando fui a ver «Heavy Metal», la película.

Por entonces era un apasionado de los comics, pasé de los tebeos de Brugera al «Trinca» y de ahí al «Totem», «1984», «El víbora» y «Metal Hurlant». Manara, Moebius, Giménez, Pratt, Lauzzier,Corben, Luis García, Gallardo, eran mis ídolos. Mi admiración por los historietistas seguramente venga por mi nula habilidad para el dibujo: soy incapaz de trazar una «o», ni aún ayudado por un canuto.  Basada en las historietas de «Metal Hurlant» en Canadá hicieron una película de dibujos animados titulada «Heavy Metal», se estrenó en Madrid en marzo de 1982. Y allá que me fui.

Un domingo, el siguiente al estreno, cuando acabé el turno a las dos en la gasolinera y tras cambiarme y comer, me monte en el autobús de las tres y media de la tarde, rumbo a la calle Tortosa de la capital de las Españas. Me estaba esperando un amigo con el que previamente había quedado, estudiante de biología, que compartía piso con otro camarada y uno que no lo era. Hicimos hora en el Burger King de Princesa, después nos fuimos a la Gran Vía y nos metimos en el cine. La película me pareció algo maravilloso, durante casi dos horas los dibujos de Richard Corben, Juan Giménez, Berni Wrightson, Angus McKie, Dan O’Bannon y Thomas Warkentin, cobraban vida a ritmo de Elmer Berstein, Black Sabbath o Cheap Trick.

Tras disfrutar del film, nos fuimos a los Bajos de Aurrerá a gastar lo que quedaba de tarde. Estuvimos un rato en uno de los locales, creo que se llamaba el cocodrilo, o el caimán y que solían frecuentar mis madrileños amigos. Una vez fuera del tugurio, observé como corría la alegre muchachada por los pasillos, le señalé a mi amigo lo retozones que eran los madrileños jugando al «pilla-pilla» por Argüelles. Éste me indicó que apretará el paso y me callase. Al girar en uno de los pasillos había más de veinte garruchones con las piernas abiertas y los brazos apoyados en la pared, mientras uno de los perseguidores, un madero sin gorra al que no distinguí precisamente por eso, los cacheaba.

Nos fuimos a acostar, ya de noche por todo el mundo. El piso estaba en la Puerta del Ángel, cogimos el Suburbano, nos apeamos en «Lago» y caminamos mucho, atravesando un trecho de la Casa de Campo. Recuerdo la calle estrecha y pueblerina, la finca era una corrala, un patio descubierto rodeado de galerías protegidas con barandillas metálicas. Cada piso tenía una puerta y una ventana que daba al pasillo común. Pasamos. El salón era tan grande como la mesa que allí había, lo atravesamos teniendo que realizar verdaderos ejercicios gimnásticos propios del más sádico de los circos chinos. Entré al baño, era un pasillo de menos de un metro de ancho y dos, como mucho, de largo. Los elementos estaban puestos en hilera: primero el lavabo, después una ducha en medio y al final el excusado.

Tras las abluciones nos fuimos a acostar. La alcoba de mi amigo tenía una cama de matrimonio y una turca, donde servidor durmió. Recuerdo que tenía un cenicero del que sobresalía un colmo de colillas de al menos medio metro, perfectamente colocadas.

Por la mañana fuimos al mercado del barrio a comprar para comer. La cocina era una división del salón hecha con una mampara de aluminio y cristal. Tenía una ventana que daba a la galería y que servía de salida de humos. Se podía guisar apoyado en la pared. Creo que deje notar mi procedencia y educación a grito pelado desde la citada apertura. Tras la comida acudimos  de nuevo a la calle Gaztgambide, esta vez a una afamada tienda de comics que allí había, estuve más de una hora hojarasqueando arrobado entre los estantes, compré un par de revistas y perdí el autobús. Volví en tren a Alcázar. Y de allí a Tomelloso en autostop, no me molesté en llamar a casa para que me recogiesen, sabía de antemano la respuesta.

httpv://www.youtube.com/watch?v=LqB9lhHqmsE

3 responses

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  2. ¡Acabásemos! Ya decía yo que me parecía que de joven tuviste el mérito de haber sido un “pelín traviesillo”. Otros, en cambio, no salimos de brutos por aficionarnos a leer novelas del Oeste americano, cuya colección mas conocida creo que se llamaba “Rodeo” y por unos céntimillos, una vez leídas, nos las cambiaban por otras en la tienda de “Los Quinitos”. Claro que con ellas practicábamos la lectura en los temporales o en la quintería.
    Ah, el video un verdadero lujo.
    Un abrazo fuerte.

  3. Aquellas novelas de vaqueros de la posguerra eran escritas para comer y con seudónimo por importantes escritores, silenciados por la “nueva España”, con lo que no eran malas lecturas para los temporales…
    Un fuerte abrazo.

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