Hoja en blanco

Me encuentro ante esta nueva página en blanco que posibilita cualquier cosa: el mejor poema del mundo, un cuento exquisito y meditado, la lista de la compra, una sucesión de tonterías inconexas o un dibujo que podrá ser reconocido a través de los siglos.

Mientras la pluma devora las líneas pautadas de la hoja, las posibilidades se van reduciendo proporcionalmente al número de líneas, palabras, letras y signos trazados más el de espacios obviados. Empieces como empieces el resultado acaba siendo menos de lo esperado.

A todos nos molesta lo que no entendemos.

Comprar pilas AAA para un metrónomo, ocupando el sitio de la frase por la que me recordarán las generaciones futuras; abandonar los sueños por miedo a que estos se cumplan. Escribir, tal vez un boceto, que seguramente nunca será usado, pero que calma el ansia de escribirlo todo, de anotar la vida, de traducir a palabras todo lo que ocurre ante mis ojos, incluso el olor de esta mañana de primavera.

Tenía, puedo decir, una forma de andar que le hacía aún más odioso, toda su falsedad estaba impresa en movimiento de las piernas a las que daba un repugnante vaivén, sutil y característico, que hacía que se le conociese desde lejos. La forma de la cara recordaba a la del  dibujo del mayordomo que anunciaba «Netol».

Era de Quismondo, Toledo, el pueblo de los Dominguín y ese origen, según él, le hacia entender de toros más que nadie. La voz como la de Carlos Iglesias, pero la engolaba e intentaba ser fino en su pronunciación lo que le daba un aire grotesco. Y la cartera. Es necesario describir el cabás que le servía de portafolios, tan ridículo como él.

O puedo decir, no me aprecian pues ellos piensan que no tengo nada que ofrecerles.

Una hoja en blanco también puede servir para hacer pagar cuentas pendientes. Aunque no todas, que para ello haría falta una resma.

La religión católica dice que recemos por nuestros enemigos, no sé si dice algo de escribir sobre ellos; todos tenemos pasado, pero el de los adversarios  está para exponerlo en la plaza pública entre chapas oxidadas y muebles de diseño; viendo como pasa la vida tras los visillos e incubando el huevo de la serpiente, calentándolo con comentarios racistas y xenófobos,  mas dichos sin mala intención, solamente como crítica, pero dejando en duda la posible humanidad del extraño; así nos es más fácil achacarle todos los males.

¿Existe algo más desolador que una playa solitaria rodada en blanco y negro?

 

 

FIMUCITÉ 2007 Angel Illarramendi “Los Borgia” from FIMUCITÉ 4 on Vimeo.

5 responses

  1. Pingback: Bitacoras.com
  2. No me voy a meter con esos tópicos miedos Francisco, simplemente que hace unas pocas hojas en blanco, se me presenta el fantasma de escribir “la carta que nunca enviaría” y cada vez son más. Los años te van haciendo guardar esos silencios, obligados, oprobiosos a veces, que se quedan en el haber de los dolores. Una experiencia más. Te felicito por el blog.

    • Bienvenido Carlos. Es cierto, cada vez cuesta más trabajo decir lo que se piensa cuando sabes que puede hacer daño a alguien. Y si es «la carta que nunca enviarías», con lo que me imagino que representa, pavor me da solo de pensarlo y sobre todo, miedo cerval de acostumbrarme a redactarla.
      Gracias por el comentario :-)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *


*