Huida

Recuerdo, aún estremecido, las truculentas historias que los vecinos contaban sobre secuestros de niños. Casi siempre era para sacarles la sangre, necesaria para que funcionase el cuerpo viejo y enfermo de algún anciano rico que mandaba a sus sicarios en busca del rojo néctar. Otras veces les extraían los órganos y los vendían, también a millonarios desahuciados por la ciencia.

Todavía guardo en la mente al nombrado Dionisio al amor del fuego, en los días de la nevada del setenta, aquella vez que por la noche,  después de nevar, se quedo raso y heló, congelándose la nieve y estando más de una semana en las calles; aquello trajo infinidad de piernas y brazos rotos.  Nos contaba las técnicas y procedimientos de los que robaban chiquillos. Los seguían y observaban fijándose en sus costumbres, a que colegio iban, en que casa vivían, cual era su nombre, apuntándolo todo en una suerte de formulario, mientras lo contaba fingía asentar los datos escribiendo en un papel, moviendo dos dedos sobre una de las caras de madera del fuelle.

Meses después, en el Puig, continuaron esas historias, mucho más terribles. En ellas sanguinarios asesinos escapados de la cárcel o psicópatas desquiciados evadidos del manicomio, raptaban y asesinaban infantes sometiéndolos a las más terribles torturas. Se hablaba de niños encontrados muertos en campos de naranjos, alguno de ellos sin entrañas y muchos si una gota de sangre en las venas. Esos relatos me provocaban un miedo cerval y me impedían conciliar el sueño.

Una tarde invernal, ya de noche, me mandaron a comprar lo que fuese a una tienda a la que generalmente no íbamos y que para llegar a ella había que atravesar un descampado sin ninguna luz. Hecha la compra y ya en la calle, vi como se dirigía caminando hacía donde yo estaba un hombre alto vestido con traje, para mi entonces uniforme de ladrones y asesinos, mientras me decía.

–Por favor, chaval…

En una milésima de segundo pasaron por mi mente todas la terribles historias escuchadas en los últimos meses.

–¡Una mierda! –le grité mientras echaba a correr por el descampado como alma que lleva el diablo–.

–¡Pero niño!

Todavía me aterroriza ese recuerdo, algunas veces pienso en lo que podría haber pasado de haber hecho caso a la llamada de ese hombre.

 

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