Jerónimo

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Jerónimo era un profesor de matemáticas sevillano y bigotudo que siempre vestía jersey. A Jerónimo cuando daba clase no se le entendía ni papa. Sobre todo en estadística. Decía “zuzezo” y “zuzuzezo”.

Jerónimo bebía más de las cuenta, bebía hasta que le salían granos en el cuello, se le ponía la nariz roja y le cambiaba el carácter. Sobrio era un dulce andaluz que no hablaba por no pecar. Ebrio era un trueno. Una tarde en la que se  entretuvo en el bar de al lado del instituto, comenzó a explicarnos las ecuaciones de segundo grado: “más menos bé es igual a la raíz cuadrada de…” cuando iba a trazar la raíz cuadrada se quedo parado con la tiza apoyada en el encerado, en silencio, cerca de un minuto in albis. Se volvió y nos relató a gritos su paradoja política. Había sido denostado en el reciente franquismo y tildado de rojo. Ahora con la flamante democracia era tachado de fascista. Aseguraba que no había cambiado ni una coma de su discurso. Y nosotros tan contentos.

Otra vez, Josean y Pablo que tocaban en una banda de cornetas y tambores —y más perversiones que no vienen al caso— se llevaron los instrumentos a clase. El dómine, que iba ya con el ala arrastra, cuando los vio por el pasillo con las fundas colgadas en bandolera llamoles y pidioles la corneta. Explicó que en sus años mozos fue soplador de esos instrumentos, en Sevilla hay mucha afición, por lo visto, a esos conjuntos, sobre todo en la Semana Santa. Sacó una de las flautas del abrigo y comenzó a acariciar el bruñido metal mientras contaba su experiencia armónica. De pronto agarró la corneta y empezó a soplar por ella, comenzando a la vez a correr escaleras abajo y emitiendo un ruido de claxon de tráiler.

En una fiesta de las que hacíamos en una discoteca vecina, para recaudar fondos para el viaje de fin de curso, perdió el auto. Apareció a los tres días al otro lado del pueblo. Jerónimo era  interino y lo mandaron a Almagro. Pero Gumuzio, un bilbaíno orejón y más seco que el Señor, que siempre tomaba café con leche, le cambió la plaza y lo dejó en Tomelloso. En Almagro el director era un cura más recto que un juez del Antiguo Testamento. El vasco dedujo que el alegre andaluz iba a durar allí (y en la enseñanza) menos que un chorizo en la puerta de un pobre. Al otro le daba lo mismo estar a seiscientos que a seiscientos treinta kilómetros de su casa.

Bien está lo que bien acaba.

httpv://www.youtube.com/watch?v=JgR8VPFZj-4&feature=plcp&context=C3189226UDOEgsToPDskL8j9wrAp52J2i-oAweT6bZ

9 responses

  1. Pingback: Bitacoras.com
    • Ha estado bien el error, por dos cosas, porque rectificar es de sabios y porque nos damos dos abrazos virtuales por el mismo precio.
      Un saludo :-)

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