La hora del recreo

Ayer por la tarde, más bien de noche, estuve viendo en «La dos» un programa de la Fundación Telefónica; me resultó interesante y muy ameno. Puede ver a conocidos en la pantalla y en los títulos de crédito. Uno de los espacios, o capítulos del programa, trataba sobre el libro «La Hora del Recreo», editado por la Fundación, los beneficios de la venta se destinan al Programa Proniño, de la citada entidad, para erradicar el trabajo infantil. En el libro han colaborado reconocidos fotógrafos e importantes escritores. El coordinador del proyecto, Fernando Marías, afirmó en un determinado momento, que para los niños trabajadores la hora de recreo es el tiempo de asistencia a clase, pues descansan del trabajo y se comportan como niños (no estoy seguro de que esas fuesen las palabras, pero si la idea que quiso transmitir). El reportaje me ha llevado a recordar un pasado bastante cercano, sin pretender ni mucho menos, banalizar la situación de esas criaturas.

El mis años de colegio, en Tomelloso, el curso empezaba oficiosamente después de los Santos. La mayoría de los alumnos íbamos a vendimiar, generalmente a partir de los doce años, en sexto de la EGB; algunos lo hacían antes. En la recolección de la uva el trabajo infantil estaba reconocido y oficializado, el las tablas de salarios que se exponían en una pizarra colgada en la fachada de Hermandad Sindical de Labradores y Ganaderos, se fijaba el importe del jornal de los niños hasta catorce años. En ese salario iban incluidos los tortazos y algún que otro sarmentazo en el culo. Uno que es hijo del baby boom, en sexto curso asistía a una aula parecida a una nave en la que nos daban lección a casi cien alumnos al comienzo del curso; acabamos cincuenta. Fue un goteo constante, durante todo el año, de compañeros a los que quitaban del colegio para ponerlos a trabajar; nos parecía la cosa más normal del mundo. Quienes continuábamos escolarizados sentíamos pertenecer a otra clase social, más elevada; un espejismo en mi caso. También había quienes en periodos de mucho trabajo en el campo y justificante paterno mediante, faltaban semanas enteras.

En los dos siguientes cursos se repitió la misma situación: vendimia y retirada paulatina de alumnos para desempeñar empleos precarios. Hay una carnicería que tiene el matadero y despiece a doscientos metros de la tienda; el abastecimiento del material necesario lo hacían dos niños, empleados de la casa y vestidos con mono, empujando a un carrillo cargado de géneros, calle adelante y sin casi poder mover el vehículo. A un compañero, cuco, lo pusieron a trabajar en casa de un mayorista de huevos, repartiéndolos a las tiendas de comestibles con una bicicleta, siempre pasaba por el colegio en la hora del recreo y echaba un rato de parleta con nosotros, desde aquel lado de la valla. A otro lo metieron de camarero en un mesón que abrieron nuevo, en los paseos. Los días que libraba iba a buscarnos a la salida del colegio, fumando Moore y con una cazadora que parecía de papel de fumar, finísima, chuleándose de nosotros y epatando a nuestras compañeras.

Acabamos la educación obligatoria. Quien esto os escribe obtuvo como calificación un sobresaliente y así quedo reflejado en el diploma de graduado escolar que le entregaron y que ufanamente llevó a casa. La nota no despertó el más mínimo comentario paterno. Los consejos y recomendaciones de los maestros para mi futura formación académica no fueron necesarios, uno formaba parte de un plan trazado de antemano en el que no se contemplaba otra cosa que no fuese ser gasolinero una vez acabada la egebé y así contribuir al pecunio familiar. Tras el verano firmé un contrato de aprendizaje, ornado con el águila de San Juan, en que se detallaban mis obligaciones como aprendiz y también se reflejaban las acciones que el maestro debía realizar para mi correcta y necesaria formación como trabajador.

El uno de noviembre de 1978 con catorce años y a las diez de la noche, comencé mi andadura laboral y abandoné para siempre la infancia.

Accede a la página de La Hora del Recreo.

P. S.

Cualquier noche…

httpv://www.youtube.com/watch?v=pdlvAvC4Tw4

 

11 responses

  1. Pingback: Bitacoras.com
  2. Luego los jóvenes de ahora nos quejamos. Como bien ha dicho María José en un comentario de Twitter, te queda un sabor agridulce al terminar de leer esta entrada, pero creo que es una lectura necesaria y entrañable.
    Por cierto, me ha hecho gracia que el vídeo de hoy fuese en catalán. He recordado a la mayoría de nombres que cita :))
    ¡Un saludo, Francisco!

      • Me parece precioso lo que dice Fernando Marías sobre el niño que ha escrito “quiero ser” con una falta de ortografía. Es una metáfora magnífica de una persona que ha decidido tomar las riendas de su destino y luchar por ser lo que quiera. Y como dice Fernando, lo acabará escribiendo bien, y esperemos que conseguirá ser lo que quiera.
        Un abrazo

  3. No sabía que en la recolección de la uva el trabajo infantil estaba reconocido y oficializado, me ha impresionado. Mis recuerdos de la hora del recreo en esa edad son diferentes, me producían un cierto agobio porque no daba encontrado grupo en el que asentarme, con aquellas conversaciones sobre futuros matrimonios e hijos. Sólo cuando nos trasladaron en masa a los 12 años a un colegio mixto empezaron a mejorar con el brilé y esas cosas.

    Lo que sí recuerdo es el goteo de desapariciones pero en una ciudad, aunque la mía es pequeña, pocas veces llegabas a saber qué había pasado. Me has hecho revivir la sensación de decepción al llegar a casa con un sobresaliente, supongo que mi futuro también estaba trazado, o eso creían…

    No conocía el libro ni había visto el libro. Muchas gracias

    Un saludo :)

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