Ladridos

1

Cuando al pobre morcillero lo mató el camión pasando por encima del coche (un Austin Victoria) en el que iba en solitario aquella aciaga noche de viernes y lluvia, la gente peregrinó durante todo el fin de semana al cruce. A ver morbosamente los restos retorcidos y quemados del auto, a buscar partes humanas entre el armazón deforme y a comentar que lo tuvieron que recoger los bomberos con una pala. Desde el surtidor se les veía mover de arriba a abajo la cabeza, con gesto serio y pensativo, afirmando. Otros señalaban y braceaban educadamente, intentando parecer respetuosos, buscando al culpable de tan infausto hecho. Todos con caras largas y compungidas. En los pueblos sabemos satisfacer nuestra curiosidad enfermiza sin perder la compostura que requiera el momento.

2

Cuando se sube la sangre a la cabeza, sobre todo a los mansos, ya no se puede parar. Aguantas cuernos durante toda la vida y una buena tarde, sin saber como, te encuentras quemando el coche del amante de tu mujer con los dos dentro, en el entradero de una viña. A ti te meten preso y a ellos los identifican por las muelas picadas. No se debe tensar de más la soga por que salta y luego ¿quien lo iba a decir carcelero, carcelero?

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