Lavandería

Tomo notas, a veces como loco y casi siempre sin saber si van a conducir a algo. Ahí van unas cuantas, como la recurrente lista de la lavandería.

Un río en muy necesario en un pueblo, hace mucho por la localidad, sobre todo por la chiquillería y aún más, como organización inequívoca de sus habitantes: a este lado los ricos, al otro la morralla.

Maleza es el solícito cabo siempre atento a las órdenes del jefe González. Hay otros cabos, claro, pero Maleza destaca por su sorna, si pudiésemos oír su acento sería aún más descriptiva y real esa ironía.

El de Bargas vestía de verde, como los ricos antiguos de los pueblos, describiendo, incluso descubriendo, su situación: tengo cuartos.

Oigo decir que el color azul del cielo, tal como lo observamos, es irrepetible. Que es imposible crear un pigmento de ese color. No se.

Los fracasos reiterados y sistemáticos suelen resultar graciosos e incluso atractivos para quien los contempla. Os aseguro que para quien los sufre no tienen nada de cómico.

Lo peor que nos puede pasar es que asumamos la tontería con la que nos tratan como algo normal.

Hubo timbas ilegales en los años grises de la posguerra que servían para que las fincas cambiasen de mano como la falsa moneda. En el casino de los señoritos, llantos y gemidos nocturnos.

Reconozco haber tenido pocos domingos crujientes con olor a café o chocolate, en los que con mirada cómplice repasar (solo mentalmente) la semana perfecta anterior, añadiendo si cabe, más leña a este fuego extrañamente frio, que nos va consumiendo, no se si lentamente.

El capitán Furillo, paradigma de tristeza y elegancia, a pesar de lo terrible que sea el día siempre lo acaba plácidamente, bajo las confortables sábanas, con Joyce Davenport, la simpar abogada de oficio y oculta amante.

No consigo quitarme el pelo de la dehesa. Será que no presto la suficiente atención, o que no hago bastante fuerza.

Ahora entendemos de todo. Todos. Burbujas, mercados, plenilunios, invasiones, etnología, enología, fútbol, política. La arbequina es mejor que la picual. Axiomas ad hoc, más bien de andar por casa, pero que nos convienen y nos convencen.

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