Lazadas

Aprendió de muy pequeño a meter los cordones en el calzado.

Primero cruzándolos: metía el cordón en los dos agujeros de arriba, lo igualaba e iba metiendo un extremo en el agujero contrario de abajo, esto es, el de la derecha en el agujero inmediatamente inferior de la izquierda y la punta de la izquierda en el de la derecha formando una equis en el espacio entre agujeros; terminaba con un nudo con lazada casi siempre doble.

Después, de adolescente, aprendió a meterlos sin cruzar, más elegante y propio de zapatos y a la vez más difícil que la forma anterior, una de las puntas la metía por un agujero de arriba y la llevaba hasta su contrario en la fila de agujeros de abajo, en diagonal; después, la otra punta la llevaba al contrario siguiente, sacándola y posteriormente introduciéndola en el de enfrente y repitiendo esta operación hasta llegar al último agujero, cerrando el zapato con un nudo y lazada sencilla, durante todo el proceso debía cuidar que el cordón quedase plano donde asomaba, sin vueltas.

El mayor inconveniente con las que se encontraba a la hora de realizar estas maniobras era que el cordón perdiera, fundamentalmente por el uso, unos trozos de un material plástico que lo comprimían en cada una de sus puntas, no permitiendo que éste se deshilachara y facilitando su introducción en los agujeros ad hoc del zapato, pues dicha pérdida hacía necesario que chupase la punta del cordón para que con la humedad de la saliva los hilos del mismo permaneciesen juntos y así poder meterlos por los ojetes.

Desde muy pequeño le inculcaron la importancia de llevar los zapatos, zapatillas, botas, etcétera, perfectamente atados para evitar caídas al pisarse cualquier extremo del cordón y se aplicó a esa enseñanza con afán.

Nunca le dijeron que en el lugar donde iba a pasar los próximos treinta años y un día, lo primero que tenía que entregar eran los cordones de los zapatos.

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