Locura

Siempre he convivido con la locura. He sentido su frio aliento en la nuca, aún lo percibo.

Frases repetitivas en un bucle voraz, a la misma hora de todos los días idéntica sentencia, con el mismo rostro y entonación. Por ejemplo: que largo es el invierno, Francisco. Dicho con piel de cordero y sabiendo que en cualquier fatal momento la dulce salmodia se puede convertir en gañidos atroces. Como hizo varias veces con el panadero al que quiso matar pues sabía que ineludiblemente y mientras trabajaba su mujer se acostaba con él, o solo cuando le dolía la cabeza, o cuando cantaba el cuclillo. Pero se acostaba.

Buenas tardes Pedro ¿como va eso? Que largo es el invierno, Francisco.

Plañidos y carcajadas a la vez en el mismo entierro y el mismo minuto, a pesar de ser el de su nieto. Rumia de carbón tras la puerta de la calle. Se empeñan en que no puede comer eso que ellos llaman carbón y que es la esencia la tierra que tantas veces les alimentó. Ve las celdillas que hay tras la pared, no lo saben, pero la pared tras el adobe esta formada por una infinita sucesión de cuadrados dibujando una suerte de damero eterno e infinito, de un jeme de lado cada cuadro y que sujeta todas la paredes de la tierra. Es la esencia de los muros, que solo él ve, y por supuesto, los albañiles que están en el arcano. Locura ignota y enterrada junto con sus huesos y solo descubierta por el barbero que lo arreglaba en esos años. Ya se sabe que boca tiene los del ese gremio.

Otras veces solo se asomaba por medio de voces destempladas y a destiempo. O en empeños vanos e imposibles. O sonoras carcajadas. O el miedo cerval a que se volviese como su padre y pagásemos todos las consecuencias.

De vez en cuando de entre todas esas locuras, incluida la propia, emergía alguna frase o acto sensato y brillante.

Pero no mucho.

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