Los zapatitos blancos

zapatitos

El camino de las canteras, va hacía el monte. El monte en esta tierra está al sur. Del sur venía todo, el pan de candeal, los vendimiadores, el aceite de oliva, los palos del cante… y los guardiaciviles.

Cuatro puntales sostienen la catedral del toreo,

cuatro torres andaluzas esculpidas por el genio

El camino de las canteras —como todos— tiene varias bifurcaciones, en una hay una carrasca, en otra un aljibe, en la tercera un montón de piedras… ¡Ay de ti si coges la equivocada! Le pasó al pastor ¿te acuerdas? y mira como acabó.zapatitos

La criatura apareció muerta en un bombo de ese camino, el de las canteras, ese que decimos que va hacia el sur, etcétera. La madre acusó al pastor. Alto, espigado y terso; con el pelo blanco, la barba cerrada, siempre vestía jerséis con cuello alto. Le parecía —salvando las distancias— a Samuel Beckett. Aseguraba haberlo visto por allí, con gran aparato de lloros y ausiones, señalándolo como el que había matado a su hija

—¡Cómo lloraba la madre! ¡Qué pena!

Como al sargento le daba lo mismo uno que otro, ya que solo quería un culpable, lo arrestaron. Se lo llevaron al cuartel para que confesase. Pero no tenía nada que confesar. El pastor defendía su inocencia  a pesar de las tremendas perrerías. Un mudo que anduviera por allí, por el camino de las canteras, a todo el que conocía le hacía visajes, llorando y señalándose los zapatos. Todos lo tomaban por loco.

Juan Belmonte, Joselito, Rafael Gallo hechicero,

y un Manuel, Manuel Rodríguez “Manolete”, ¡qué torero!

Al pastor le dieron cera de la buena en el cuartelillo. Le metían astillas en las uñas, le zurraban la badana, lo tenían sin dormir. Pero el tipo no confesaba

—Pegarme lo que queráis, pero yo no voy a decir que he “sío”.

De aquellas murió. El mudo que seguía por todos los sitios del pueblo gesticulando, llorando y señalándose los zapatos fue llamado a declarar, ya que el pobre pastor falleció sin confesar el horrible crimen. El mudo insistía en el asunto de los zapatos. La autoridad coligió de sus gestos que la chiquilla fue para el bombo con unos zapatos negros y regreso, ya muerta, con unos zapatos blancos.

Los investigadores dedujeron que solo la madre podría haber hecho aquello ¿Quién si no le iba a cambiar los zapatos negros, manchados de tierra, por unos blancos, inmaculados? Confesó que fue ella, que lo había hecho porque la chiquilla la vió estando con otro que no era su padre y no podía consentir que la descubrieran.

El que quiera ver toritos que suba al cielo,

que se han juntado lo mejor y más puro de los toreros.

A la madre la metieron en la cárcel. Se libró del garrote por la “pasionalidad” del horrendo crimen. Nada arrepentida, algunos familiares aseguraban que hasta engordó en la trena. Las malas lenguas contaban que como era una mujer abierta y amiga de hacer favores, consiguió labrarse un porvenir cuando salió de presidio y nunca regresó al pueblo.

P. S.

En gran Alberto Plaza me hace llegar los retazos del horrendo crimen —a resultas de una divergencia sobre si el torturado fue el mudo o el pastor—, con ellos he compuesto estas líneas, consumando el destrozo de una gran historia.

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