Lunas

Espejos de armario, que en Santa Elena se llaman lunas.

Me observo paralelo a Bonaparte en el fracaso del segundo intento, el de los Cien Días. Solo en eso, no quiero pecar de petulante, además releo intermitentemente las Memorias de Ultratumba y tengo fresco a «Le petit cabrón» en el magín. También es común la incapacidad de mantener nada y la imposibilidad final de redención y la insolvencia de dirigir el propio destino y mucho menos el de los de alrededor.

Oigo música religiosa, como Harry Haller. Tomás Luis de Victoria, apacigua el alma:

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, miserere nobis.

Agnus Dei qui tollis peccata mundi, miserere nobis.

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, dona ei pacem.

Cordero entregado al sacrificio, como todos, eternamente. Millones de corderos silentes en el momento de ser devorados. La música apacigua el alma y la sangre de cordero a los lobos. Poco tiempo.

Al armario, que era la única pieza de la alcoba que no se sacaba cuando esta se convertía en capilla ardiente, le echaban una sábana por encima; la cama se desmontaba y se llevaba a otra habitación junto con mesitas, descalzadoras y demás mobiliario, quedando el cuarto casi diáfano (salvo por el armario) y preparado para que los de la funeraria colocasen los cirios, el catafalco y la cruz de bronce. Como digo, se llaman lunas y se tapaban cuando había un muerto en la casa.

He visto muchas sábanas tapando armarios, no sé si tantas como el corso.

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