Mosto

En esta tarde de calor y feria apetece leer a quien de verdad sabe escribir, espejismo y mosto en el tiempo en el que se aforan las viñas. Francisco García Pavón:

Ya desde la carretera de Ruidera, hacia Tomelloso, vieron un espejismo. Un espejismo que figuraba aguas sanguinas, altísimos árboles desmochados, castillotes dentones y no sé qué banderas moradas, larguísimas, paralelas al viento. En las llanuras manchegas hay espejismos como en el desierto. Espejismo que copian ciudades que nunca llegaron a ser, fincas floridas y árboles sin nombre en las botánicas. A veces los labradores seducidos por el espejismo lontano se salen del surco y echan a andar besana adelante pensando en llegar a un oasis de aguas y flores, de casas albas y árboles mocísimos; a un campo de verdad sin sed, tapizado de lagos verdeazules.

Por los viñedos próximos se veían hombres que andaban entre cepas, palpando racimos y haciendo cábalas para la inmediata vendimia. Gentes que calculan el peso de las uvas a ojo y les clavan el diente para medir la maduración definitiva. Las uvas son los últimos frutos de la lozanía del año, las que traen los más escondidos zumos de la tierra, las últimas mieles que engendró primavera allá en sus lejanos abriles. El mosto es caldo de la tierra ya moza vieja, espasmo dulzón de la cuarentona que echa sus últimos alegrones bajo oros viejos y pájaros fugitivos. El mosto cálido y pegajoso es sangre tardía, llanto de premio Nobel, poema escrito con canas y olor a tabaco. Es sangre de abuela joven o de madre vieja. Sangre con las muchas noches de lágrimas y raíces. El mosto viene del más soterrado ovarial de la tierra.

(De El Rapto de las Sabinas)

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