Natación (asíncrona)

A pesar de vivir algún tiempo en la costa e ir a la playa insistentemente, este narrador llegó a la edad de quince años sabiendo nadar con la soltura de un almirez. Mi técnica natatoria era calcada a la de un chascarrillo que contaba un amigo:

—¿Sabes nadar?

—La mitad que los peces.

—¿Y eso cómo es?

—Los peces nadan para arriba y para abajo. Yo sólo para abajo.

Intentando corregir esa maca, me inscribí en un cursillo de la iniciación a la natación, dispuesto a emular al hombre peje. Se impartía las mañanas de los viernes en la piscina municipal, día franco de servicio para un servidor, que ya andaba en obligaciones gasolineriles.

El curso lo impartían dos profesores, uno calvo y corpulento y otro rubio con bigote. Venían de fuera, creo que de Socuéllamos; no recuerdo sus nombres. Comenzamos moviendo las piernas, boca abajo y con las manos sujetando unos rectángulos de corcho, en la zona menos profunda de la piscina.  Ese primer día, dada la eslora de mis piernas y la rapidez con la que las movía, uno de los profesores, el calvo, me fichó para el futuro equipo que formaría con los alumnos más aplicados del curso.

Entable amistad con otro par de garruchones de mi edad y nos buscábamos para ir juntos los días de cursillo. Nos turbaba una exuberante joven, mayor que nosotros a la que no quitábamos los ojos de encima, no sólo por la figura de la que hacía gala, sino porque a través del bikini se le distinguía la negra frondosidad pubiana. Esta chica con el tiempo y una vez casada, consiguió, con mucha dedicación y empeño, convertir a su marido en un digno protagonista de epigramas.

Íbamos avanzando semana a semana y la dificultad de las practicas aumentaba. He de confesar que por entonces le tenía un miedo cerval al agua, tanto que una vez que un condiscípulo me empujo a traición, desde el borde a la parte más profunda de la piscina, fui capaz de dar un salto perpendicular  de más de tres metros para no caer en la alberca.

Uno de los últimos días, hubo que cruzar la piscina por una de las diagonales. Todos realizábamos el mismo recorrido, saliendo cada minuto. Delante de mí salió un treintañero, contable eminente y con barbas; por lo que fuese el hombre se entretuvo o, a lo mejor, yo iba nadando más rápido que él, con lo que en el centro exacto de la pileta lo alcancé. En lugar de rodearlo, presa del pánico le embestí y me agarre a él como una lapa, sumergiéndonos los dos. Él se intentaba zafar, pero yo no lo soltaba. Se lanzaron al agua los dos profesores, con premura y sin desvestir, sacándonos al borde del ahogamiento. Nos hubieron de reanimar, con gran regocijo y entretenimiento del resto de los aprendices de hombres rana.

Para aprobar el curso era necesario hacer un largo, cosa que inexplicablemente realicé. El hecho de graduarme, me obligó a participar en la competición de natación, en la que me inscribieron, como dije,  antes conocer mi lejanía de Johnny Weissmüller. Al día siguiente, sábado por la tarde, se realizaron las pruebas. A mi me encuadraron el en equipo de relevos, sería la última posta. Parecía que todo iba a salir bien y que mi maltrecha dignidad saldría indemne de la prueba. Sólo un largo. Mas cómo he referido una y mil veces, la tentación no descansa.

Por alguna extraña razón que todavía no alcanzo a colegir, era incapaz de hacer un largo empezando por la parte más profunda, en cuanto pasaba a la zona en la que hacía pie era imposible seguir, tenía que pararme, tocar el fondo de la piscina con los pies y después reanudar la marcha. Sin embargo, cuando empezaba desde la zona menos profunda, me hacía el largo seguido y rápido. Tendría que ver con mi miedo al agua, seguramente.  Pero no era este el caso: era el último relevo y haría el recorrido a mi favor.

¡Quia! Debido a algún negocio de la organización, los relevos salieron al revés, debiendo realizar mi recorrido de la parte honda a la somera. Creo que nadie de las cien personas que asistían como público, cuando faltando cinco metros para llegar al borde, me paré y me puse de pies, dejo de reírse y proferir voces. Acabé mi carrera haciendo de tripas corazón. Quedamos los últimos. Me vestí y desaparecí de allí y de la natación competitiva, para siempre.

httpv://www.youtube.com/watch?v=0S941b3e2T0

5 responses

  1. Pingback: Bitacoras.com
  2. muchos recuerdos me ha traído tu post, yo también tenía miedo a los cursos de natación lo que pasa es que en mi caso yo era muy pequeño y mi problema era saltar y tirarme de cabeza.

    pero me ha gustado mucho

    un abrazo

    PD. te envidio porque en mi caso como te dije yo era muy pequeño y no tenía niguna frondosidad en mi clase que me animara a ir regularmente al cursillo

  3. Por favor, Paco, yo pensé que ya no me iba a reir nunca mais, pero has conseguido que mis carcajadas fueran más rápidas que tus piernas, :-)
    Nadar con la soltura del almirez, frase memorable, que no olvidaré fácilmente. El tramo en el que agarraste como una lapa, insuperable, jajaja. Qué instinto de supervivencia, la pena es que no te hicera el boca a boca la Jane del Johnny, XD.

    Un encanto el post

    El beso que no falte ;))

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