El tío Panduro (balada)

Con el título de esta entrada parafraseo el de la novela de Félix Grande y a la vez sirva de modesto homenaje a tan gran escritor.

Hoy he conocido a un primo de mi padre del que ignoraba la existencia. Sobrino de mi abuela María Francisca la «Pandura»; hijo de un hermano, del tío José María. Ha sido dónde trabaja Mari Carmen, ella me lo ha presentado. Nos hemos estrechado la mano. En una ciudad de apenas treinta y ocho mil habitantes, y viviendo los dos en ella, resulta extraño no habernos tratado antes. Recuerdo escasas referencias de mi padre a su familia materna. Le he preguntado que si había algún asunto oscuro, de esos que tienen las familias guardados en los baúles o escondidos en los desvanes de la conciencia; me ha dicho que no. Ha referido que mi padre no era excesivamente cariñoso y que yo debía saberlo y que reconocer no es pecado, que cada uno conocemos lo nuestro.

Hemos estado hablando un rato. Mejor dicho, hablaba él y yo escuchaba, formulando de vez en cuando alguna pregunta. De cuando mi abuela le pedía dinero a su madre, en los años que se perdía la cosecha, cuando los agricultores no tenían seguro y una helada o un pedrisco traían la necesidad a una casa, y de como la abuela Quica se lo devolvía en cuanto cobraban la primera vendimia. De cuando mi padre estuvo postrado en una cama de madera tras sufrir un accidente, al caerse de un carro y él iba a verlo casi todas las semanas. Eran otros tiempos. Después, las relaciones se fueron distanciando hasta llegar a ser nulas. El hombre ha hecho un memorial de bodas, bautizos y entierros a los que no le han avisado.

Se llama José María, como el padre, es alto y robusto, con la cabeza afeitada y gafas; tiene una papada prominente. Pasará de los setenta años, las mangas arremangadas, le he visto un aire de familia. Ha sido matarife toda su vida; tiene pinta de eso, o de carnicero. Me ha referido por encima la historia del tío Francisco.

El tío Francisco era el mayor de los hermanos, o tal fuese mi abuela, no estaba seguro. Era un tipo alto y valiente, una vez que se atascó un carro fue capaz de sacarlo de donde estaba encallado metiendo los hombros bajo las lanzas y empujando hacía arriba; él solo. Estaba muy bien casado, con una muchacha de buena familia, tenían un hijo. A pesar de su hombría se enamoró de una fulana de las casas, abandonándolo todo, familia trabajo, amistades, etcétera. Terminó en Melilla con ella. O a lo mejor fuese Ceuta.

Años más tarde, con una enfermedad venérea que se lo estaba comiendo vivo, desahuciado y abandonado por la amante, llamó a la mujer para que lo socorriese. La esposa se compadeció de él y le mandó dinero para que regresase al pueblo. Una vez en casa y dado su estado, convocaron una reunión familiar para juntar cuartos y poder mandarlo a un hospital a Madrid a que lo curasen. Entre todos alcanzaron seis mil pesetas, suficientes para el tratamiento y el viaje. El hijo, ya un hombre hecho y derecho, lo acompañaría.

A los pocos días se fueron ambos a la estación de Alcázar. El hijo compró un billete para el padre con destino a Madrid y lo montó en el tren, solo. El vástago se subió en otro con destino a Alicante y llevándose el dinero del sanatorio. Por lo visto nunca ha regresado. Nos hemos despedido con la promesa de saludarnos cuando nos veamos.

Al rato he reparado en que no me ha contado lo que pasó con el tío.

P.S.

Te lo juro yo

httpv://www.youtube.com/watch?v=6oLZ62z4RHo&feature=related

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