Party in the petrol (El guateque)

Por alguna razón que no recuerdo aquella noche me fui a la gasolinera en el Vespino que mi padre había comprado a mi hermana en el primer y único verano que trabajó. En la cooperativa de los melones. Mi progenitor tenía un concepto ciertamente particular de la equidad paterna. Por cierto que aquí esa marca de velomotores ha sido siempre del género masculino, equivocadamente en otros lugares los nombran en femenino, como la Mobylette en estas tierras.

Era un sábado por la noche del mes de julio, una vez efectuado el relevo y tras dar cuenta de la cena que preparé horas antes, insípida como el almuerzo de un sanatorio, me dispuse a prepararme para pasar lo mejor posible el turno: hamaca playera y reclinable, tabaco, radio y libro, «Groucho y yo» en este caso y recién adquirido. Como la trasnochada acompañaba, me saqué los trastos a la calle, puse la radio en la emisora que tú y yo sabemos, encendí un pitillo a pesar de la reiterativos pictogramas y me repantigué en el metálico sillón dispuesto a sobrellevar el servicio sabatino, al menos, con humor.

«(…)Teníamos un piso en una casa atestada de gente en nuestro Shangri-la de Yorkville, en la parte alta de Nueva York, en el East Side. Además de los cinco hermanos —Chico Harpo, Groucho, Gummo y Zeppo, por orden de edad—, estaban allí mi madre y mi padre (de hecho, estuvieron allí antes que nosotros), el padre y la madre de mi madre, una hermana adoptiva y un constante raudal de parientes pobres que afluían noche y día por nuestra casa.

Venían en busca de risas, venían en busca de alimentos y venían en busca de un consejo. No sé quién pagaba la comida. Debían de ser los comerciantes locales, porque nos mudábamos de un distrito a otro de Yorkville tan a menudo como una caravana de gitanos. En aquellos días podías trasladar todas tus propiedades por diez pavos y resultaba mucho más barato que pagar las facturas. En todo caso, siempre parecía que había suficiente para alimentar a todo el mundo.»

En ese punto de la lectura levanto la cabeza y veo salir de entre la oscuridad de la noche al inefable L., andando y portando dos bolsas de plástico en las manos. Cuando llega al lugar donde yago me explica que no tenía plan para esa noche y que había pensado en venir a hacerme compañía, por el camino había comprado un par de litros de ginebra con limón, maridaje perfecto, para que los degustásemos. Cómo con uno que lo diga basta, comenzamos a dar cuenta de los destornilladores antes de que se calentasen.

Estando liados con el trasiego acuden a repostar dos inveterados mozos viejos con los que alguna vez me junté, a bordo del Seat 600 de uno de ellos. He de aclarar y sin ánimo de presunción que la discriminación nunca ha sido una maca en mi persona. Tras el exiguo repostaje y dada mi somera amistad les ofrezco un trago que aceptan. El buche se convierte en muchos y una vez vaciados los envases, acuden diligentemente a comprar otros dos litros del mismo combinado en el automóvil. Tras varios viajes, los dos solterones acaban hablando de la mili. Al poco rato, se conoce que queriendo poner en practica los asuntos de la conversación, se quitan la camisa y se ponen los dos a desfilar por las pistas de la gasolinera, uno de ellos dando ordenes con voz de sargento chusquero, aro-is, izquierda ar, ediauelta ar, etcétera ar y ambos levantado al marchar los brazos marcialmente y como marcan las ordenanzas. L. me pide la moto para ir al pueblo a por tabaco y comprar más de beber, entre otras cosas, como es natural accedo.

Cuando los del Día de las Fuerzas Armadas están más provechosos y castrenses con el garrido desfile, acude a repostar José Luis, el mediano de los Mochos, estirpe de agricultores de rancio abolengo y formales a carta cabal.

—¡Pero leche! —exclamó— ¿Qué hacen esos?

—Instrucción.

L. al ir a comprar tabaco, bebida y las otras cosas, fue pregonando que en el surtidor fulano había una fiesta y que estaba invitado todo el que llevase bebida y otras cosas. A las cuatro de la madrugada en la gasolinera había más de cien personas, sentados en las aceras, en los aparcamientos, apoyados en los aparatos, en corros, bebiendo, fumando tabaco y otras cosas, en fraternas charlas, con animadas risas. Alguien tañía en una guitarra rítmica alegres canciones que muchos cantaban. Los desfiladores se hicieron pacifistas y se unieron al grupo de los cantadores.

Comenzaban a salir los agricultores domingueros, sorprendidos y casi todos con el «Adónde vamos a llegar» en la boca. A las seis menos cuarto limpié como pude y conseguí desalojar a casi todos, menos a una decena de recalcitrantes, con los que tuvo que lidiar el afamado Chencho, siguiente en ocupar los mandos de la nave. Sorprendentemente en ese ínterin no acudió por la estación ninguno de los cuerpos represores del Estado, como entonces decíamos.

Y mucho más extraño fue que no se enterase ninguno de mis amados jefes. O tal vez esto nunca pasó.

httpv://www.youtube.com/watch?v=irUt5xj4mTg

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