Paseo

Caminaban a diario. Temprano y rápido, cómo huyendo de la muerte. Aseados, con el pelo aún mojado y oliendo a colonia mañanera. Limpísimos. Braceando; alguna vez gesticulan, siempre hablando, sin mirarse ni apartar la vista de la tría.

Andaban en rutas preestablecidas y frescas en verano. Por la mismas calles, paseos y bulevares; en el mismo sentido. Uno alto, malévolo, calvo y antaño rico. El otro, pequeño, medio ciego y con boina. De rostro inexpresivo y bracero ya jubilado. El alto vilipendia sistemáticamente a su compañero de paseos, como pasatiempo. Le recuerda sus orígenes menestrales, reitera su genealogía de peones, escándalos maritales, palizas, cárceles, gachas con poco aceite y potajes de bacalao. El bajo calla y anda.

Andan para apretar la carne fofa, bajar la barriga, domeñar al maldito corazón o quemar el azúcar que deja alguna de sus maltrechas glándulas: permanecer vivos algún rato más.

Una mañana el alto, hablando de guerras y esas cosas de los ancianos, debió traspasar la última barrera de dignidad fijada por el chiquitín y éste se enfadó como nunca lo había hecho. Deshicieron la andarina coyuntería en aquel instante, saliendo desde entonces a hacer el paseo cada uno por su lado.

He de advertirte, avisado lector, que a pesar del maniqueísmo que parece transmitir el relato, el rico es el malo de la historia porque lo fue realmente. Si acaso no lo ves correcto, por el poder que nos otorga la escritura, les intercambiamos las libretas de la caja de ahorros. Y verás que gusto le da al peón jubilado.

El alto no dudaba que el otro volvería pronto a la comandita dada su escasa visión. Pero los días fueron pasando y no regresaba a la sociedad. De vez en cuando, incluso, se unía a grupos de coetáneos marchadores. El tipo iba haciendo mala sangre mientras marchaba en solitario, pues nadie se juntaba con él. Ideó un plan que al mismo tiempo de servir de venganza, valdría para reconducir al redil al paseante transfuga.

Se levantaba de noche e iba dejando trampas por la ruta para que el ciego tropezase y cayese. En los vados de las aceras, baches, o en mitad del camino, colocaba palos y piedras, aviesamente, para que la ex-pareja percibiese su discapacidad y volviese a la necesaria y protectora compañía que él le brindaba. Una vez puso gavillas de sarmientos cómo obstáculos. Por suerte o por los avisos de los paseantes, el mediano se fue librando. Pero como la tentación no descansa, un día que madrugó más de lo debido, tropezó con una de las celadas, cayendo de bruces y rompiéndose las dos muñecas al apoyar las manos para evitar el golpe. El alto canto victoria. Su compañero, tras la necesaria convalecencia, retornaría a los paseos por colleras.

Pero no contó con la visita que la media docena de hijos del ciego le hicieron, durando su propia convalecencia año y medio.

P. S. (Caminando)

«Al que yo coja y lo apriete,
caminando,
ése la paga por todos,
caminando;
a ése le parto el pescuezo,
caminando…»

httpv://www.youtube.com/watch?v=g3JHqWl56Sg&feature=fvst

15 responses

  1. Pingback: Bitacoras.com
  2. Voto por intercambiar las libretas de ahorros, que el peón se merece la alegría.

    Me gusta la selección musical. Y también le hubiera quedado bien aquello de “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”

    Un abrazo! :)

  3. En un mundo perfecto habría votado por el cambio de cartillas, pero como esto es lo que hay, me alegro de la soledad del alto y de las visitas recibidas por el mediano. Muy bueno, Paco.
    Abrazos!

  4. Es un placer leer estos relatos, uno entra en un mundo en el que se le presentan diatribas que sino nunca se plantearía, pero al final uno sigue con el runrún en la mente, ¿intercambiar las libretas o no? aunque respondas el runrún sigue. Parece fácil pero no lo es en absoluto. Mi enhorabuena por el relato!!

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