Pulso y púa

A la última boda que asistí, la de un primo, acompañó la ceremonia un grupo rociero. Todas mujeres salvo el guitarrista. Se colocaba la guitarra como los viejos y antiguos tocadores, esto es, sin cruzar la pierna. Poniendo diagonalmente el instrumento y apoyando incluso la cara en la tapa. Como Sabicas o el Niño Ricardo.image

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Siempre ha habido en Tomelloso afición por los instrumentos de cuerda pulsada. Había una zapatería (un taller de zapatos) en la calle Tetuán, vieja, oscura, sucia, repleta de carteles de toros y fútbol, de calendarios y de polvo negro de goma depositado en todos y cada una de las superficies del taller. El zapatero llevaba un mandil de cuero hasta los pies. Era guitarrista de flamenco y enseñaba a tañer el instrumento, por cifra o de oído, creo que no sabía música. Alguna vez que me mando mi abuela a ese obrador oí hablar de las guitarras de un tal Santos Hernández, que según el  maestro eran las mejores del mundo.

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A Dominguito, ya con once años, le echaron los reyes un laúd

- ¿Que te han traído los reyes Domingo?

- Un «naú».

Iba Justo, tocador de laúd y bandurria en diversas rondallas y grupos folclóricos, recientemente fallecido, a enseñarle a su casa. Domingo, a pesar de pertenecer a familia de tocadores, se conoce que Santa Cecilia ni le rozó con su estela y Justo, el hombre, dejó de darle clases por aburrimiento. Del naú, nunca más se supo.

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Música, la de cuerda tañida, melancólica y triste, creo yo. O a lo mejor es el invierno.

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