Ruidera

La plaza de Ruidera es mínima, triangular y dedicada a Cervantes. Tiene casas de dos plantas con tienda en los bajos y rótulos en la parte alta trazados con letras antiguas, como de los años cincuenta; siempre espero ver salir de cualquiera de ellas a Monsieur Hulot. Hay dos faroles con tres fanales cada uno y un paraíso no muy grande. Los  forasteros, casi todos turistas se sientan al sol del mediodía en mesas bajo parasoles con marcas de helados bebiendo y comiendo; los locales están casi todos a la sombra de sus negocios. Los visitantes parecen maniquíes de decathlon, ¿me da el kit «fin de semana en Ruidera»? Un orondo calvo que lleva colgando una mochila con infinidad de tiras y a pesar de ir apoyado en un bastón metálico, trastabilla y está cerca de caer al suelo. Blasfema, no se sabe si por el tropezón o por ser consciente de ir vestido de gilipollas. Los ruideritos son dulces tradicionales de Ruidera, dice el cartel y a mi espalda y sin rubor un tipo berrea a un teléfono móvil algo sobre la hora de comer y Madrid acabado en zeta; de todas formas los ruideritos son un invento del local frente al que me siento. Un patrullón de viejos compradores de mantas atraviesa gregariamente la plaza, en sentido contrario un provecto ángel del infierno (del purgatorio, más bien) en un sucedáneo de Harley los observa con altivez y distancia aún siendo de la misma quinta que ellos a pesar del cuero. Cruzan intrépidos exploradores herederos del reverendo Livingstone descifrando guías de un pueblo de menos de mil habitantes y dos calles, intentando encontrar las fuentes del Nilo. Aparece en dirección a la Ossa una fila de motoristas con fotos de un señor pegadas en el parabrisas, seguramente como homenaje. El calor aumenta y las motos pasan ahora en sentido contrarío. Alguien vestido de explorador, o guerrillero deduce con la misma alegría y tono que Arquímedes en la bañera, que eso debe ser una concentración de motoristas con algún fin determinado. Solo es la una en la torre y no que tocan a muerto como me parecía. Los de Munera le tuvieron que pedir un muerto a la Ossa para poder inaugurar el cementerio. Cruza la calle un hombre solo con camisa azul claro y un rótulo bordado en el bolsillo. Yo soy el chofer. Al café invita la casa.

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