Sirenas en la ciudad

Aprovechemos el filón, que a pesar del calor y la huida de las musas hacía climas más benignos, nos siguen aportando Le Palais des Mouches y la G.M.T. (Guardia Municipal de Tomelloso). Ocasionalmente unidos en el episodio que paso a relatarte, afanoso lector.

Tras un par de robos en el cubil, producidos a pesar de nuestra cercanía y permanencia horaria, Tarzán decidió proteger su negocio y hacienda instalando un sistema anti-robos en el café. Unos detectores de movimiento mediante infrarrojos que activaban una alarma, que hacía sonar una sirena. Se conoce que se le disparó el presupuesto y no conectó el ingenio a ninguna central de alarmas.

Ni él, ni la empresa instaladora cayeron en la cuenta de regular los citados detectores para amoldarlos al ingente trasiego de roedores que tenía el bar. Cada vez que un ratón o rata cruzaba por delante de uno de los infrarrojos la alarma se dispara, comenzando a escandalizar la sirena. Como El Tres de Oros no tenía teléfono en su domicilio, el gasolinero que estaba de turno llamaba a la policía, el coche patrulla se pasaba por casa del chepa y lo traían para que desconectase el cacharro.

Una noche de verano estando de turno un servidor sonó la alarma. Eran las dos de la mañana. Mecánicamente avisé a la policía, dando cuenta de la situación y esperando que se pasasen por la casa del tabernero y lo recogiesen para que desconectase el invento. Al rato hace entrada un coche de la policía con las luces azules y las sirenas puestas, hecho que me extrañó, pues la mayoría de los porristas estaban al tanto de la situación.

Me acerco al bar y del auto se baja un reciente, cuarentón y orondo cabo, hermano de otro guindilla y émulo del teniente Harry Callahan. Este justicia tenía justa fama en la ciudad de tomarse muy en serio el cumplimiento de sus funciones, además se protegía del sol con unas gafas redondas con cristales verdes. Inmediatamente echó mano a la cartuchera.

—No te preocupes —le indico— son los ratones que han disparado la alarma. Pasa con frecuencia.

—¿Y tú qué sabes? —me increpa— Pueden ser ladrones y estar en estos momentos dentro ¡¡Salid de uno en uno y con las manos en alto!! —berrea.

—Que son ratones, o ratas —digo con retintín— espera un momento que vengan tus compañeros y el chepa.

Mientras recorremos por fuera el edificio, en uno de los hastiales, al que dan las ventanas de los servicios, hay dos o tres rasillas apiladas y arena.

—¡¡Mira, mira!! —exclama— ¡Por aquí se han metido!

—Que no, que eso lleva ahí más de un mes —le vuelvo a sugerir pacientemente—, además, es imposible que quepa nadie por esas ventanas tan estrechas.

Sin encomendarse a Dios ni al diablo, se saca el revolver de la canana, lo levanta y apoya la espalda en la pared a la vez que grita:

—¡¡Lo tenéis claro los de dentro!! —hace una pausa— ¡¡Voy a contar diez, antes de que acabe salid fuera o echo la puerta abajo!!

—Te estás equivocando —le digo— Ahí solo hay ratones

—… cuatro, cinco…

En ese instante llega otro coche patrulla con municipales y el tabernero que se baja, abre el bar, desconecta la alarma, cierra y se monta de nuevo en el coche para que lo lleven a seguir durmiendo.

—¿Qué haces por aquí cabo? —pregunta un guindilla.

—Esperándoos —responde— pero ya me iba.

Al final del verano la sirena se quemó de tanto sonar. Nunca la repararon. El bar no volvió a ser robado, hacía falta ser muy bragado para meterse allí con semejante jauría en el interior.

Si quieres saber más acerca del Palacio de las Moscas:

Le Palais des Mouches

Contrabando

httpv://www.youtube.com/watch?v=jqGQrP1BFjQ


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