Sumando, que es gerundio

sumadora

En la gasolinera teníamos una sumadora Olivetti, manual. Llevaba una palanca en el lado derecho de la que había que tirar para imprimir la cifra en la tira de papel. Era de un azul grisáceo, un color moderno cuando fabricaron la máquina, tanto que los trajes de los hombres del futuro, aquel que empezaba a partir del año dos mil, eran de ese tono. Las teclas estaban duras, dolían los dedos al marcar. Tenía cuatro filas de tres botones con cifras, las tres de arriba blancas, primero el siete. Las de abajo negras, con uno, dos y tres ceros, como las agujas de tricotar.

La usábamos para sumar los tickets de crédito. Entonces la mayor parte de la venta era fiada y llegábamos al cuadre del turno con un montón de albaranes al que teníamos que averiguar su valor. Ajustábamos el total de los vales máquina mediante; hacía mucho ruido y le dábamos ritmo a la suma, a veces hasta resultaba melodioso el cálculo. Una vez introducido el importe de la última nota, subíamos un tetón y al bajar la palanca se imprimía el total, en rojo, en el papel. Se sacaba la faja de papel y si creías que aquello había terminado, te equivocabas: había que “puntear”, esto es, comprobar que se habían introducido correctamente los importes. Tras varias rectificaciones, a bolígrafo, acababa el cálculo.

Al poco de incorporarme al surtidor fue muy nombrado el caso de un expendedor, de otra gasolinera, al que descubrieron un chanchullo hecho con la maquinita. Marcaba una cifra, mil casi siempre, y cortaba el trozo de papel. Sumaba los vales con la ventaja de que le sobrarían mil pesetas, que se llevaba.

Uno era muy mañoso con el ingenio sumador, le daba con velocidad y ritmo al cacharro. Un cliente, de la edad que ahora tengo. Me retó a una carrera, yo con la calculadora y él con el boli.

En los años de la posguerra hubo muchas escuelas privadas, de aquellas que enseñaban “las cuatro reglas” y a escribir con letra inglesa, a fuerza de palos. El señor había ido a la más exigente, la de “Pañalón”. Para dar por aprendida la adición y pasar a la resta,  les hacían sumar una matriz de números tan grande como la hoja de la libreta, en un tiempo determinado.

Con la inconsciencia propia de la edad acepté sin pensarlo y con chulería. Quedamos en una semana y a esa misma hora en el surtidor.  Entre los dos confeccionamos el ejercicio: treinta números de ocho cifras. Lo guardamos en la caja fuerte del surtidor en un sobre cerrado y firmado por los dos.  Llegó el día, que después reviví en una escena de Tiovivo 1950 de Garcí. Cada uno llevó su clac. Servidor, henchido de petulancia  no disimulada sabiéndome el ganador; el señor con su humilde sonrisa y su Bic.

“El Gordillo” dio la salida… Aquello fue una carnicería, el tipo acabó cuando yo iba aún por la mitad. Me quedaba el consuelo de que se hubiese equivocado en el cálculo, pero la suma fue correcta. Perdí. La derrota fue humillante y el ganador seguía con su modesta sonrisa.

Desde entonces, me grabe a fuego en el córtex la siguiente frase: “Nunca aceptes el reto de alguien armado con un bolígrafo Bic”.

httpv://www.youtube.com/watch?v=f_BTna3G-w0

5 responses

  1. Pingback: Bitacoras.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *


*