Tablilla

La tablilla viene a ser donde se anuncian los óbitos y funerales consiguientes por medio de esquelas colocadas dentro de ella. Antes eran armaritos de madera que tenían un cristal con llave, de ahí el nombre. Ahora son paneles de metacrilato. Lo que no ha cambiado es la capacidad, sirven para tres esquelas. Cuando una funeraria tiene cuatro muertos el mismo día, al cuarto lo condenan al ostracismo y lo fijan con cinta adhesiva a la pared, fuera de la tablilla. Tampoco ha cambiado su ubicación, en la Plaza de España en una de las ventanas del puesto de la policía municipal.

Es costumbre ir a mirar la tablilla.

Es lo que hace el hombre de la imagen, viendo quien se ha muerto, por si tiene que cumplir. Ubicando al muerto en su estirpe, repasando su mote, que no lo ponen los de la funeraria, acordándose de los casos, si los hubo en la familia del finado. Si el óbito fue violento: quien lo iba a decir. Si el muerto es más joven que él: no somos nada. Volverá por enésima vez a hablar del destino, cada uno nacemos con la hora en la que nos vamos a morir puesta en ese instante: tenemos nuestro sino escrito y no nos podemos sustraer a el. Así es la vida, una mentira. Después, cuando comente con sus amigos en la plaza quién y de quién es el muerto, regresará a su casa con la satisfacción de poder haber visto otro nombre en la tablilla, por que ya se sabe: el problema es cuando no puedes leerla.

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