Tarde de verano

Sé de la existencia de algunos hechos pasados porque los veo inscritos en fotografías. O los he visto, pues las citadas fotos también son recuerdos y tal vez no sean reales. Imágenes tomadas en el pantano, haciendo generalmente el tonto, con la cámara de un amigo a la que siempre cargaba película en blanco y negro. Afirmaba que el arte de Daguerre es más arte en blanco y negro. Éste amigo, que sólo lo fue un par de veranos, era alto y axiomático y durante uno de los estíos que pasamos juntos y acompasados a los turnos del surtidor donde servidor ya trabajaba, se empeñaba en construir una ampliadora, por lo visto un aparato necesario para poder revelar fotos, pero nunca pasó de los planos, o al menos eso creo. Aunque no se reflejase en las instantáneas, me admiraba la felicidad de este ser y sobre todo como había llegado a ella. Todo tenía una explicación y para todo había una regla; sabía lo que iba a ser y como, cuando y con quien se casaría, aunque no conociese a la afortunada la reconocería en cuanto la viese. Usaba sorprendentes y retorcidas explicaciones para los hechos más triviales y empleaba insistentemente la primera persona del singular en todas las frases. Era un hoplita, no tenía miedo a lo que pudiese pasar pues el porvenir está escrito.

En aquellos veranos nos bañábamos en unos lugares llamados pico-patos, a los que acudíamos en velomotor. Él, hijo de familia rica, montaba un, extraño entonces, ciclomotor Honda de cuatro tiempos que emitía un característico y discontinuo sonido. Quien esto escribe, galopaba un Mobylette con cuadro de señorita, de los generalmente usados por los lecheros para su albo reparto.

Los pico-patos eran unos ingenios construidos en los canales principales de riego del pantano de Peñarroya para darle fuerza al agua. Consisten en unos recrecimientos de la acequia, como balsas, más altos que la continuación del caz y con forma de picos de anátidas, que cuando se llenan derraman el agua como artificiales cascadas. Eran muy buenos baños, el agua no cubría pero tenían un volumen considerable, se podía pasar una tarde entretenida y refrescante.

Creo que una vez, —y digo creo, pues el hecho no está grabado en película fotográfica— un sábado por la tarde sospecho, ya que con mis amigos agricultores solo me juntaba los sábados, domingos y días de temporal, nos fuimos ocho o diez garruchones a bañarnos a un pico-pato, al último, pasando la casa Romera. El medio de transporte fue un Ebro rojo, Super-55, que uno de los nuestros le robo a su padre. Íbamos, no recuerdo la distribución exacta, cuatro o cinco dentro de la cabina y el resto fuera, subidos en los brazos de los arados. Tras un entretenido viaje, los baches y la no amortiguación de los tractores hacen mucho por la amenidad de los trayectos, arribamos al sitio. Cuando llegamos nos bajamos a bañarnos con gran alborozo, alegre muchachada, sin importarnos si lo hacíamos en bañador o en calzoncillos.

Estando el agua, llegó un célebre, por su afición a las juergas, mozo de aquella época. A este joven con el tiempo  le paso cómo al torero y llegó a ser detenido por pegarle a la novia.

—¿Cómo ha llegado a eso?

—Degenerando.

Por entonces se usaba localmente una muletilla como afirmación y reiteración de lo expresado: «¡Ahí lo pone!». El mozo llego con otros en un auto, todos vestidos de traje, se conoce que venían de boda. Se bajaron y estuvieron viéndonos un rato de evolucionar en el estanque, de pronto uno de los virulos increpo al famoso trajeado.

—Te apuesto mil pesetas, Fulano, a que no te tiras vestido al pico-pato.

—A ver que las vea. —dijo el porfiado

El porfiante dejo un billete en el borde del canal.

—Acepto. —y mientras se tiraba al agua gritó— ¡Ahí lo dice!

Tras gran regocijo, los mozarros se fueron y nosotros acabamos nuestra tarde de baño, regresando de nuevo a la ciudad, tractor mediante. A la mitad del camino, el referido y profusamente mentado en este rincón, M., agarrando el volante improvisadamente, tiró de el, acabando en un barbecho y dándole a la calurosa tarde otro motivo de jolgorio en nuestro juvenil esparcimiento.

httpv://www.youtube.com/watch?v=CBAHJ6WjAZY

5 responses

  1. Esos veranos bien pasados valen por muchas otras estaciones menos alegres. Compensa haberlas vivido, y sobretodo hacen bien al recordarlas.

  2. Pingback: Bitacoras.com
  3. Buen post, Paco. El tema del B/N es que la ampliadora era mucho más fácil de manejar (hasta un ceporro como yo ha revelado – mal- fotos en blanco y negro). Además era más barata o la podías encontrar en casa de algún amigo que tuviese hermanos mayores con afición por la fotografía. La de color nunca la manejé, pero me da que era un proceso más caro y más complejo.

    • Eres una caja de sorpresas don Pablo, o un hombre del Renacimiento, le das a todos los palos y bien, encima.
      Muchas gracias por el comentario :-)

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