Tentación

Sabed que la tentación no descansa.

Estoy seguro de que no fue en el Siglo de las Luces cuando el sifonero de los Arenales de San Gregorio, entonces pedanía de Campo de Criptana, cerca de la estación de Rio Záncara, en la carretera que va de Tomelloso a Pedro Muñoz. Anteriormente conocida, la aldea, como Arenales de la Moscarda y no es broma.

Digo que cuando iba el sifonero a la ancestral gasolinera en la que me formé, con su camioneta Sava repleta de botellas de gaseosa y sifones vacios. Y entonces, aquí es cuando hago un inciso y relato lo siguiente.

El uno de noviembre de hace treinta y dos años, en medio de una solemne ceremonia, fui oficialmente investido como gasolinero. A las diez de la noche. Durante ese mismo verano, el siguiente a mi graduación como escolar, estuve haciendo las prácticas para la grandiosa y noble misión que me habían encomendado los dioses, por los siglos de los siglos. Aprendí a erradicar, escabillo mediante, la mala hierba del jardín; a comprobar (y a reponer o quitar si fuese necesario) la presión de los neumáticos; a limpiar los parabrisas de los vehículos de nuestros amados clientes, distinguiendo y efectuando el citado aseo en los coches en los que pudiera haber recompensa pecuniaria; a la limpieza de los retretes, despachos y cualquiera instalación aledaña a la posta; fui instruido, así mismo, cual alquimista en las mezclas y proporciones de las nobles sustancias con las que trabajamos para el correcto funcionamiento de los velomotores y motocicletas y en suma, a cualquier tipo de tarea inherente a la, como digo, noble misión a desempeñar. Mi necesario aprendizaje terminó al final del verano. Con celebración incluida, gracias al «de la cicatriz» obtuve mi primera borrachera con tan solo catorce años, la vez que peor me sentía de mi vida (luego vinieron más). Después, me fui a vendimiar con los Peronas (la primera vendimia en regla).

Decía, retomando el hilo, los cascos vacios producían un tintineo característico al moverse y chocar contra las cajas metálicas que las contenían en golpes de seis botellas. Peinado como Escobar, con un indescriptible olor, mezcla de honrado sudor, loción para después de afeitar y laca, dos días por semana le atendía en sus necesidades de combustible pues el buen hombre tenía algunos clientes a los que suministrar bebidas carbonatadas en Tomelloso.

Un sábado le vi en la caja de la camioneta varios paquetes de botellas de vino espumoso de la casa «Rodríguez & Berger, S.A.», bodega sita en Cinco Casas (pedanía de Alcázar de San Juan) y fabricantes de reconocidos vinos, incluido el vino de misa de la arquidiócesis de Madrid. A mi pregunta, nada maliciosa y buscando la cordialidad, de si es que había ampliado el negocio y se dedicaba a la distribución de bebidas espiritosas de la citada mercantil cincocaseña, pasó a relatarme que las había comprado para consumo propio y que varios amigos acompañados de las esposas, se reunían los sábados en casa del gaseosero y se bebían el espumoso acompañado de cigalas, qué según me informó, combinan muy bien, todo eso en un tono didáctico y con mucha armonía.

Haciendo una pausa que yo creía valorativa, me espetó: «Y a ti ¿qué c…. te importa?». Inmediatamente me percaté de que era la tentación, que no descansa, que quería que yo pecase de orgullo y le demostrase a ese gañán puesto de limpio mis conocimientos y mis dotes en retórica, gramática y lógica, pero quía, me callé venciendo así a la tentación, que no descansa, saliendo fortalecido de ese trance.

Hablando de sifones y bebidas carbonatadas, no sé si fuese cierto, recuerdo haber oído contar de pequeño, cuando el agua de seltz iba en envasada en sifones, graves accidentes producidos por la explosión de esos contenedores al caer contra el suelo.

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