Terror campestre

Siempre he sido muy miedoso, lo confieso sin pudor. Desde niño he sentido pavor, a veces patológico, por todo lo sobrenatural. Nunca he usado la ouija, ni he consentido que me echen las cartas, ni siquiera que me digan la buenaventura.

Supongo que serás consciente, apreciado lector, que hace algún tiempo (mucho para ti, dada tu insultante juventud), sobre todo en los pueblos, el contar terribles y truculentas historias de terror, resultaba muy entretenido y ameno en las reuniones, especialmente las nocturnas, llamadas como sabes, saraos.

Cada sitio tiene sus seres paranormales autóctonos, se conoce que eso es cómo todo, ectoplasmas y otras criaturas, con denominación de origen, o al menos, con indicación geográfica protegida. Aquí los asuntos sobrenaturales y metafísicos, eran negociado de los duendes, entes a los que se culpaba de todo, incluida la pérdida de las llaves.

Había una historia que refería mi abuela Antonia con frecuencia. En los felices años veinte, cuando apenas era una púber muchacha y estando con sus tíos en una visita de cortesía, sin previo aviso, ni señal alguna que lo predijese, las sillas de la sala de la morada objeto de la reunión, se pusieron ellas solas y sin gobierno de nadie, a dar vueltas en derredor de la mesa central. La mujer relataba sus sensaciones, más llenas de emanaciones que de angustias.

Estos relatos y algunas películas, ahora incluso tiernas, me provocaban miedos y angustias nocturnas y horribles pesadillas cuando lograba conciliar el sueño. Aquel Drácula en blanco y negro, donde no aparecía una sola gota de sangre, el terrible Vincent Price y por supuesto, don Juan Tenorio, eran los causantes de cientos de horribles noches en blanco.

Otro pariente refería un relato más pragmático. En una época de su vida tuvo que acudir, necesariamente, a sesiones de espiritismo, a tanto el contacto, cómo último recurso. Fue cuando la última dictadura y estaban prohibidísimos esos negocios. Cuando los mediums estaban en trance, que esa empresa era en comandita, llamaron violentamente a la puerta, no quedando al segundo ninguno de los cuatro clarividentes. Todos acudieron a refugiarse al gallinero. Mi familiar al sentirse engañado, destrozo con sus propias manos todo el paranormal tenderete. A pesar del final supuestamente racional e incluso, para mi, feliz del relato, me producía la misma desazón que si se les hubiesen presentado todos los muertos del camposanto.

Pero hubo una vez que casi enfermé de miedo. Tras regresar de nuestro familiar éxodo económico, mis padres se enrolaron en la vendimia de mi abuelo materno y un servidor, que ya tenía doce años, se fue con ellos. Las viñas estaban a cuarenta kilómetros del pueblo, en un paraje al que llamaban «Los Romeros». Casi todo el tiempo que duró la recolección estuvimos albergados en una casa que había en el corte, alumbrándonos con un candil y durmiendo eufemísticamente en futones.

Una noche tras la cena, por lo que fuese, alguien comenzó a contar una historia de miedo, tras la que siguieron infinidad de ellas, en una orgía de horror cada uno quería contar la suya. Duendes que se aprecian en las quinterías, fantasmas, muertos que regresaban para hacer cumplir expeditivamente las mandas del testamento que no habían efectuado sus deudos, etcétera.

Un vendimiador mayor y autóctono, pelado al uno y con las barbas cómo clavos, empezó a relatar una truculenta historia de terribles y crueles asesinatos, apariciones y suicidios, ocurrido en una casa de labor, tal que la que la que morábamos. El hombre le daba la entonación necesaria, usando la teatralidad gestual apropiada y marcando las pausas, todo ello acompañado por la oscilante luz que emitía el candil, nos tenía con el alma en un puño.

Cuando el narrador estaba en una pausa dramática, con el espectro del asesinado manifestándose a su asesino y a punto de llevárselo con él al Tártaro, dieron un golpe terrible en la puerta de la casa. Todos comenzamos a gritar, algunos vomitamos la cena, mujeres llorando; los hombres salieron en busca de quien pudiese haber sido, pero volvieron sin encontrar a nadie.

Pasé cuatro noches enteras sin dormir en absoluto, cuando llegaba el momento de apagar el candil, me entraba un ataque de nervios. Ha sido uno de los mayores periodos de angustia que he pasado en mi vida. Hasta que al quinto día supimos que fueron los vendimiadores de un sobrino de mi abuelo, que estaban trabajando y durmiendo a un par de kilómetros y que todo fue una broma.

Y pude dormir.

httpv://www.youtube.com/watch?v=2cyhCqdTdmY

3 responses

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  2. No me puedo creer que estas cosas te den miedo. Mejor no intento reproducir cosas que me producen auténtica risa, ni de pequeña recuerdo el terror..

    ¿Seré normal?

    :-) Espero que no entre después un psicólogo para decirme que tengo que hacer terapia.

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