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Os resultará extraño pero no recuerdo el momento de mi nacimiento. Ni los siguientes cuatro años. La primer y más nítida imagen de mi infancia es en la consulta de un oculista en la calle Alfonso XII. La casa está ahora abandona, medio hundida, con las puertas y ventanas tapiadas; si viviésemos en Macondo la fachada estaría llena de hiedras, pero aquí en La Mancha, está llena de polvo y desconchones con un patética y fea decadencia cercana al abandono y nada literaria. El galeno giraba la rueda que movía una inquisitorial máquina en la que mi barbilla y mi frente eran aprisionadas sin el menor atisbo de piedad a mi edad y condición humana. El doctor mientras miraba mis ojos a través de unos tubos con luz. A resultas de aquella inspección me encontré con cuatro años y unas gafas de pasta negra calzadas sobre mi rostro que, mágicamente, transmutaron mi sustancia interior haciéndome materia atrayente de piedras y guantazos, como si, ciertamente ese pequeño adminículo tuviese propiedades imanantes.

Ya digo, no tengo memoria de mi nacimiento. Me encontré con gafas en una tienda de barrio de un pueblo sin cuestas ni ríos. Las judías y garbanzos se vendían directamente de los sacos de arpillera, desinsaculándolos con una especie de pala o badil brillante, inoxidable e higiénico y echándolos en cucuruchos que mi padre confeccionaba mañosamente con un papel gris. Los plátanos se cortaban de ramos colgados del techo; el bonito y el tomate se sacaba de inmensas latas con cucharones y se ponía en tazones traídos por las parroquianas. Todo acababa sobre el también brillante plato, que se limpiaba con limón, de una báscula americana. El importe de la venta se apuntaba hasta el sábado en que el marido cobraba, en aquel barrio de braceros. Como consecuencia de que los sábados de cobro se fueron espaciando en el tiempo y que el atmosférico, el oraje, no daba tregua a las viñas, el avance de la ruina hizo que la familia se plantease la necesidad de buscar ingresos en otras fuentes, en la época en que los jornaleros dejaban las tijeras de podar para fabricar juguetes en Ibi, Alicante. Por mediación de un tío de mi madre (tío-abuelo mío, si fuese un amanerado escritor ingles), desterrado en El Puig, Valencia, por cosas de la guerra, mi padre encontró trabajo en aquella localidad de la costa. Pero eso es otra historia.

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